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Una comunicación efectiva es una comunicación con propósito


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Existen distintos niveles de objetivos cuando hablamos del proceso de la comunicación humana. Las personas involucradas en cualquier interacción tienen intenciones diversas, desde las más simples como dar una buena impresión, hasta las más complejas como lograr el éxito en un proceso de negociación. Este continuo de finalidades es además dinámico, al cambiar durante el intercambio simbólico que se produce entre dos o más individuos.

Cuando tenemos situaciones de comunicación: una presentación oral, una oportunidad para dar y recibir feedback, una negociación u otros, nos fijamos en los objetivos más inmediatos. Generalmente nos enfocamos en aquello que queremos lograr u obtener del otro, nuestro interlocutor se ubica en el centro de nuestras intenciones y vamos a su encuentro con claridad con respecto a la forma en que deseamos impactarle. Esperamos de ellos, con quienes nos comunicamos, una respuesta o reacción determinada.

Esto es de suma importancia, sin embargo estamos perdiendo con ello una dimensión completa del acto comunicacional y que está relacionada con aquello que queremos lograr en nosotros; este ámbito es también complejo y de múltiples niveles. Intento explicarlo a continuación:

  • De cómo quiero conducirme: un primer objetivo que seguramente nos planteamos al comunicarnos con otros, es el de conducirnos de cierta manera. Esperamos expresarnos con fluidez y seguridad, poder responder a todas las interrogantes que puedan surgir, mantenernos serenos de modo que nuestro impacto sea el mayor posible. Nos imaginamos las mejores posibilidades relativas a nuestro modo o estilo de comunicación, tal vez incluso lleguemos a suponer algunos escenarios adversos si fallamos en lo que pretendemos.
  • De lo que espero lograr conmigo: quizás no nos planteamos regularmente un objetivo para nosotros al enfrentar situaciones de comunicación, pero colocar nuestro foco en ello puede hacer más eficiente cualquier presentación que realicemos o interacción que desarrollemos. Podemos pensar en aspectos sumamente específicos como proyectar mejor la voz, manejar de manera adecuada el movimiento de las manos, lograr mejores matices; esto otorga mucha fuerza a nuestra expresión y nos ofrece un elemento claro en el cual colocar nuestra energía.
  • De mi propósito e identidad: a todos nos moviliza un propósito mayor, una intención que tiene influencia en todo lo que hacemos. Se puede construir de muchas formas: como vocación, como identificación con nuestra profesión u oficio, como descripción de lo que somos, como objetivo de nuestra vida. Más que respuestas específicas, en este nivel lo relevante es plantearse la pregunta. ¿Hacia dónde dirigiremos nuestra energía? ¿Con qué queremos coopera en nuestra existencia diaria? ¿Cuál es el impacto mayor que esperamos tener con nuestro trabajo? Todo ello está relacionado con nuestra identidad y con ese propósito más alto que nos inspira.
  • De mis valores: Todo lo anterior es alcanzado por lo que se encuentra en la base más profunda: nuestros valores. Ellos constituyen el ámbito de lo inamovible, de lo irrenunciable. En cualquier situación, incluso las más extremas y desafiantes, los valores nos sirve de guía clara y firme.

Al trabajar sobre nuestra capacidad de comunicación, para mejorar nuestro desenvolvimiento expresivo y de relación, debemos no solamente considerar los elementos técnicos de elaboración del discurso, manejo de la voz y el gesto, el lenguaje corporal, entre otros; también es vital abordar lo relativo a la claridad del propósito, en todos sus niveles y ámbitos.

Considerar el objetivo inmediato no es suficiente, dado que ello está influenciado por los objetivos de largo plazo, relacionados con nuestros valores, identidad y proceso de aprendizaje. Como puede verse,  la efectividad en la comunicación no solamente depende del impacto que tenemos en nuestras audiencias o interlocutores, depende también del impacto que cualquier interacción tiene sobre nosotros mismos.

La claridad de propósito para lograr una comunicación más efectiva, requiere de un ejercicio diario con la intención de fortalecer nuestra identidad y valores, así como reconocer cuál es el propósito mayor que impulsa nuestro estar y actuar en el mundo.

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Del sentido a una narrativa con propósito


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Recientemente he leído el libro The Power of Meaning, de Emily Esfahani Smith, lo que fue para mí una enriquecedora experiencia que volvió a conectarme con ideas que siento de vital importancia para vivir una vida satisfactoria.

En sus páginas podemos pasar por una amplia visión sobre la crisis de sentido de los tiempos que corren, caracterizada por cierta dificultad para llenar de significado la existencia que compartimos en el devenir cotidiano. Quien más, quien menos, todos hemos pasado alguna vez por alguna etapa de tensión interna porque se nos desdibuja la propia identidad o extraviamos la claridad, sobre todo frente a circunstancias desafiantes.

Surgen las preguntas: ¿Quiénes somos realmente? ¿Qué es aquello esencial que nos conduce incluso en las situaciones más adversas? ¿Cuáles son los recursos que nos mantienen a flote en medio de la tormenta? Las respuestas son muy personales, íntimas e individuales; sin embargo la base es común: se trata de nuestros valores.

Aquellos valores que identificamos como esenciales para nosotros son parte sustancial de nuestra identidad, configuran nuestra conducta y determinan, en cierto modo, nuestra forma de actuar y de relacionarnos. Son los cimientos de la creación del sentido que le damos a la vida, a partir de ellos le otorgamos un significado a la existencia.

Esta no es una idea nueva, sin embargo es un aspecto que a veces olvidamos o no hacemos del todo consciente. Esto nos lleva a otro elemento fundamental para una vida satisfactoria: el conocimiento personal, la posibilidad de vernos y comprender aquello que nos caracteriza, junto a la capacidad de conducirnos.

Siempre he comulgado con esta idea: es importante percibirnos, reconocernos, cultivar y nutrir la relación con nosotros mismos, velando por nuestras necesidades, siendo responsables tanto de nuestros pensamientos como de nuestras emociones y acciones; también es fundamental identificar y fortalecer nuestros valores, como base de nuestra identidad.

En esta línea de pensamiento, Emily nos propone en su libro otro elemento: el propósito. Así se completa un primer ciclo en el proceso de otorgar sentido a la vida: encontrar o definir un propósito. Recuerdo ahora a David Allen y su Getting Things Done, quien también habla claramente de la fuerza que tiene el plantearnos un objetivo mayor, aunque más asociado a la productividad y al manejo del enfoque en nuestras actividades diarias. Lo cierto es que, sea cual sea nuestra forma de identificar, crear o descubrir nuestro propósito, este es un elemento central de una vida con sentido.

En esta dinámica, que hasta ahora parece muy individual (y lo es), los demás también tienen su espacio y juegan su rol en la escena. La energía para todo esto proviene de nuestra familia, de nuestra comunidad, del fortalecimiento de nuestro sentido de pertenencia, porque ello nos nutre e impulsa. A fin de cuentas, la realización del propósito, la concreción de una vida con sentido, se logra en relación con otros; solamente en relación con ese otro, que es también parte esencial de nosotros, podemos completar la dinámica del ser – estar – hacer.

En este punto uno podría preguntarse ¿Cómo abordo todo esto que parece ser tan abstracto? ¿De qué manera podemos reconocerlo y desarrollarlo? La respuesta puede ser muy sencilla y también se aborda en el texto The Power of Meaning: a través de la historia que nos contamos y compartimos con otros.

Todos construimos la identidad a través de las experiencias del pasado, que moldean la perspectiva que tenemos del ahora y la posibilidad de elaborar un porvenir. La buena e impactante noticia es que no son los hechos los que moldean nuestras percepciones, sino nuestras percepciones las que transforman los acontecimientos en oportunidades para aprender, crecer y avanzar.

Con esta especial clave culmino estas líneas: pon atención a la historia que estás contando, al relato que estás creando en tu interior, porque allí harás la diferencia más importante. De esa historia dependerá que estés a merced de las circunstancias, o que seas el dueño de tus decisiones y acciones en la creación de una vida plena y con sentido.

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¿Cómo te comunicas?


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Recientemente he vuelto a reflexionar sobre mi forma de procesar información y comunicarme con otros. Siempre he creído que esta reflexión es crucial, para comprender por qué funcionamos de una manera y de qué forma podemos ser más efectivos en nuestras dinámicas de interacción.

Muchas de las dificultades que enfrentamos al comunicarnos con otros, especialmente con quienes son nuestros afectos más cercanos, se producen por estas diferencias en la manera de percibir el mundo y expresarnos en él. En mi caso, priva generalmente la intuición y la conexión emocional, lo que implica relatividad y estructuras dinámicas; otros en cambio, pueden estar más cómodos organizando la realidad a través de su pensamiento, estableciendo categorías para las experiencias y comunicando lo que perciben como una verdad.

Claro que no somos totalmente una cosa u otra, esto es solamente una parte del complejo entramado de mecanismos que dentro de nosotros funcionan, así como uno de los niveles de reconocimiento y desenvolvimiento de la interacción humana. Así que, en cierto modo, estoy simplificando; sin embargo, de un ejercicio como este se obtiene mucho valor.

Porque de nuestro estilo y formas de percibir, procesar estímulos y expresarnos, depende todo en nuestras vidas: el establecimiento de relaciones, la fluidez de nuestro trabajo en equipo, los modos de ejercer el liderazgo, la toma de decisiones, los ritmos, la expresión de opiniones o percepciones, la comprensión de lo que los otros nos comunican, la capacidad de dar y recibir feedback, la lista no tiene fin.

Esta es la razón por la que vuelvo una y otra vez a estas preguntas esenciales: ¿Cuál es mi forma de estar en el mundo? ¿Cómo percibo la realidad? ¿De qué forma proceso información? ¿Cuál es mi manera predominante de comunicarme con otros?

Las respuestas a estas preguntas me permiten identificar dónde necesito poner más atención, cuáles aspectos de una situación tienden a escaparse a mi percepción, cuáles elementos capto con mayor facilidad y rapidez que otros, cómo puedo presentar mis ideas y visiones para que sean mejor recibidas en mi ámbito profesional y en mis espacios privados. Estas interrogantes y sus respuestas son el inicio de un importante proceso de desarrollo en mis habilidades de comunicación.

Recomiendo sinceramente que te hagas estas preguntas e intentes responderlas de la forma más honesta, e incluso podrías conversar con personas allegadas para que te den feeedback acerca de cómo te perciben; luego puedes armar el rompecabezas con todas esas piezas, dado que no siempre es fácil percibirnos con claridad a nosotros mismos.

Haz la prueba, descubre más acerca de ti, es el primer paso para desarrollar nuestras capacidades de comunicación personal.

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El Proceso de la Comunicación Humana: algunas claves


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Recientemente participé de una entrevista para la sección de expertos, que cuenta con el patrocinio de Florida State University, y se realizada dentro del programa Zona VIP Radio, que puede escucharse todos los sábados por Radio Panamá. En este espacio tuve la oportunidad de hablar sobre algunos aspectos que considero centrales en cualquier proceso de comunicación.

Siempre que me sea posible insistiré en que lo más importante es reconocer que nos comunicamos a partir de nuestros valores, que la honestidad es la mejor forma de lograr impacto en otros y que nuestro propósito es la guía fundamental para la elaboración de nuestros mensajes, llegando también a influir significativamente en los elementos no verbales de nuestra expresión.

Esto implica que la máxima de «conócete a ti mismo» tiene absoluta vigencia, todavía más en la actualidad, y la vía para este conocimiento es la escucha activa, la apertura hacia la percepción de los estímulos que se producen en la interacción con otros, así como de la forma en que los procesamos internamente.

El desafío es grande porque en la actualidad convivimos en ambientes llenos de ruido, en lo cuales se nos impulsa a aparentar y se nos enseña que en los procesos de comunicación profesionales, sobre todo si se trata de negociaciones o interacciones difíciles, no deben hacerse presentes las emociones.

Pero lo cierto es que lo emocional es la vía por excelencia de las conexiones humanas, la puerta de entrada para un reconocimiento del otro y una interacción confiable. En ciertos ámbitos hemos relegado hacia el olvido las emociones en tal medida, que no sabemos reconocerlas o utilizar su energía cuando aparecen; solemos creer, de forma errada, que las emociones siempre son erráticas y emergen descolocadas, pero esto ocurre solamente porque hemos perdido la capacidad de percibirlas en sus dimensiones más sutiles y de conectarlas cuando su movimiento es suave y ofrece soporte a nuestra expresión.

Se trata de un proceso de alineación de las dimensiones activas en nuestros procesos de comunicación: nuestros valores, nuestra intención o propósito, nuestras emociones, todo lo cual afecta y dirige nuestra corporalidad (gestos, mímica del rostro), incluyendo los elementos no verbales más sutiles (tono y matices de la voz, ritmo e intención de la mirada). Lo más eficiente entonces no es tratar de estudiarlos por separado, intentando un control sobre cada elemento de forma autónoma, sino reconocerlos y experimentarlos en su conjunto sobre la práctica y el desarrollo de escenas reales de interacción con otros.

Este proceso de aprendizaje real, que va de adentro (valores, propósito, intención) hacia fuera (mensajes clave, elementos de comunicación no verbal, conexión emocional, sensaciones), permite que nuestras capacidades expresivas se desarrollen y se multipliquen las posibilidades de avance y aprendizaje en cualquier contexto y circunstancia.

Nos falta mucho por reflexionar y aprender, pero desde mi punto de vista este es un excelente camino para recuperar el sentido humano y honesto de los procesos de comunicación humana.

 

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Comunicar: dar sentido y cooperar


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El asunto de definir, descubrir o encontrar un propósito u objetivo mayor para impulsar nuestras habilidades de comunicación, no es algo menor o tangencial, por el contrario se trata de un elemento esencial, el núcleo mismo del acto de comunicación.

Enfocados en la técnica, en los avances tecnológicos, en las inmensas posibilidades que ofrece el aprendizaje en el manejo del discurso y la comunicación no verbal, nos hemos olvidado de lo esencial: la razón por la cual nos comunicamos. Al pasar del tiempo la motivación de la supervivencia ha ido quedando atrás, de modo que en la actualidad podemos interactuar en una ausencia total de sentido, sin requerir mayor cooperación, incluso en ausencia de cualquier interlocutor porque podemos mirarnos a través del espejo que son las redes sociales, en un juego narcisista que tiende a eternizarse.

Sin propósito no hay intención consciente, sin lo cual el encuentro humano se vacía de sentido, se hace vacuo e inútil, cayendo los significados en el territorio de multiplicidad de interpretaciones: sin fondo, la forma no se sostiene y puede mutar para complacer las más diversas visiones en su afán de vender y aumentar el número de seguidores y «likes».

Pero si queremos mejorar nuestra capacidad expresiva, si deseamos aumentar el impacto de nuestros actos de comunicación, aumentar los niveles de cooperación en los ámbitos personal y profesional, es necesario emprender un nuevo recorrido cuyo elemento central es la conexión con un propósito mayor, a partir de lo cual es posible una mejor conexión con la propia identidad y la dirección que toman nuestras interacciones.

El proceso pasa por al menos estos tres elementos:

(1) Dar sentido: incluso si no se logra una respuesta concreta y definitiva, el ejercicio de plantearse preguntas al respecto de manera constante es fundamental. ¿Por qué estamos aquí, en esta vida y circunstancia, en este territorio y con estas personas? ¿Qué hemos venido a hacer o aportar? ¿Cuál es la visión que tenemos hoy de nuestra existencia?

(2) Identificar el rol: ¿Cómo se manifiestan las ideas que tenemos sobre el papel que tenemos en el entorno donde nos desenvolvemos? Visualizar el lugar que ocupamos y el aporte que hacemos en ese ámbito. Como padres, hermanos, hijos; como trabajadores, empleados, obreros, responsables de atención al cliente, gerentes, directivos consultores.

(3) Conectar la propia expresión: A partir de los elementos anteriores podremos comprender mejor el camino para el desarrollo de una técnica. El trabajo sobre la voz, sobre la intención, el ritmo, la estructuración del discurso, entre muchos otros elementos, cobra su real espacio de relevancia cuando existe una inquietud base, un sentido de lo que hacemos y las razones que nos movilizan a comunicarnos para alcanzar mejores niveles de cooperación.

Estamos excesivamente ocupados en los efectos, en los resultados en términos de un éxito momentáneo y superficial. Parece que olvidamos que toda técnica requiere una ética que la sostenga y le permita desarrollarse. En el tiempo de la fama transitoria que permiten los medios y las redes sociales, nos enfocamos únicamente en «demostrar» facultades que no se sostienen en verdaderos resultados, la efectividad se vuelve así un engaño del cual todos somos cómplices.

Al pensar en la dinámica de la comunicación en los ámbitos de la vida privada y pública, en los niveles de credibilidad de las instituciones del Estado, en el papel de la publicidad en la configuración de nuestra percepción del mundo, nos percatamos de la importancia que tiene el desarrollo de este tipo de reflexión en individuos, grupos y comunidades.

Comunicarnos mejor pasa por trascender la inmediatez del aplauso para buscar la perdurabilidad de una visión compartida, la creación de una ruta sólida para fortalecer capital social. Todos somos líderes en nuestro ámbito y podemos ejercer influencia en este camino.

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El lenguaje de los cuerpos


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Siempre he sido partidaria de que debemos escuchar a nuestros cuerpos. Aunque sea de manera imperceptible, éstos nos envían mensajes constantemente, tanto de bienestar como de malestar.

Los mensajes con los que estamos más familiarizados son los que se manifiestan diariamente bajo la forma de “necesidades básicas”. El hambre, por ejemplo, no es más que el cuerpo pidiendo ser alimentado; el sueño, es una petición de descanso; e ir al baño, es la exigencia por eliminar aquello que no se necesita para nada.

Pero si vamos a un plano más sutil, nos damos cuenta de que existen muchas sensaciones que pasamos por alto o que ignoramos por completo. Es precisamente en ese momento cuando el cuerpo empieza a accionar mecanismos para seguir funcionando a pesar de nuestro descuido y, buscando el equilibrio termina por colapsar, emitiendo un dolor o un malestar tan agudo, que bien puede interpretarse como un grito desesperado que demanda la inmediatez de nuestras acciones.

Dentro de estos “gritos” me atrevo a encerrar cualquier tipo de enfermedad (bien sea circunstancial o crónica) que surge en nuestros organismos y que, básicamente, son originados por nuestra desatención y desconexión. Los dolores de cabeza, de estómago, de extremidades, los mareos, las náuseas y hasta padecimientos como el cáncer, no son más que alarmas que se encienden cuando el cuerpo, literalmente, no puede más.

La buena noticia es que tenemos la solución en nuestras manos. Lo único de debemos hacer es estar un poco más atentos a nuestras sensaciones y a las respuestas inconscientes (reflejos) que tenemos ante determinadas situaciones. Las sensaciones de frío, calor, la piel erizada, el picor/escozor, un suspiro, un bostezo, entre muchas otras manifestaciones físicas, son “palabras” que nuestro cuerpo utiliza para decirnos alguna cosa u otra.

Particularmente, mi anatomía me reclama con dolores de cabeza cada vez que no descansado bien o cuando no me he hidratado correctamente. A veces le da por inflamarse en la zona del bajo vientre, para indicarme que me excedido en el consumo de grasas y en ocasiones muy extremas, baja sus defensas y me «retira» la energía para entrenar, obligándome a reposar por unos días. En cada caso, sé que debo atenderlo y negociar con mi mente consciente el hecho de que debo dejar de cumplir con la agenda y «soltar» la disciplina por un tiempo.

No estoy diciendo que debamos dejar de desenvolvernos con naturalidad, en un intento de prestar la máxima atención a todo aquello que nos sucede internamente, ni que en adelante tengamos que tomar una u otra dirección porque “es lo que pide el cuerpo”. Pero sí debemos encontrar una conexión mucho más sutil y sensible (si se quiere) con nuestra propia anatomía. Simplemente con chequear nuestro estado un par de veces al día, es suficiente para mantener la fluidez en esta comunicación, que es la primera sobre la cual deberíamos poner el foco.

Basta con respirar profundo y “mirarnos” (por lo menos dos veces al día: una al levantarnos y otra antes de irnos a dormir), poniendo atención en las sensaciones y en el estado del cuerpo en general, para que con el tiempo, vayamos identificando sus mensajes y traduciendo su lenguaje, utilizándolo a nuestro favor. Recordemos que mientras tengamos mayor conexión con nosotros mismos, mejor será la comunicación con el entorno, y mayor será nuestra capacidad para entender a otros y hacernos entender.

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De la voz y la conexión


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La voz es un instrumento fundamental en el proceso de comunicación humana. En las vibraciones de nuestra voz está nuestra historia personal, nuestras certezas y temores, y finalmente la capacidad que tenemos para impactar a otros, hacerles llegar nuestras ideas, mensajes o propuestas.

El sonido de nuestra voz posee gran cantidad de información, sostiene nuestra expresión en gran medida y es capaz de conectar, o no, con nosotros y con quienes nos escuchan.

Esta es una de las claves en las que insisto a menudo: la conexión. El trabajo sobre la voz debe tener como primer objetivo el logro de esa conexión, el establecimiento de una relación dinámica entre la voz y las sensaciones que nos produce, las emociones que se movilizan a través de ella, las imágenes que crea su sonido dentro de nosotros.

El proceso parte de la respiración, de esa dinámica de inhalar y exhalar permitiendo la recepción de estímulos del entorno y luego facilitando la liberación de las tensiones internas para que ocurra la expresión. Esta primera aproximación a la voz puede ser novedosa para muchas personas.

Inhalar es percibir, recibir, recoger las señas de todo lo que me rodea y del tipo de procesamiento que hago de cualquier estímulo externo; cuando sostengo el aire en mi interior ocurre el procesamiento de toda esa información, lo cual afecta y transforma mi mensaje e incluso afecta mi intención; al exhalar ocurre la expresión y, si realmente lo permito, el contacto con otros: es el momento en que emerge el sonido de mi voz.

Esta es la base, el proceso de respiración, donde se generan las condiciones para el acto de la comunicación. Una vez entendido y practicado esto (el proceso de inhalar, sostener y exhalar), abordando las técnicas de la respiración para una mejor proyección y control de la voz, iniciamos el viaje por otros elementos de la comunicación no verbal: el tono, el timbre, el ritmo, la proyección, el volumen, la modulación, los matices. Finalmente pasaremos a la relación entre la voz y el movimiento (la expresión gestual y corporal).

En general mi aproximación a estos elementos es progresiva, aunque estos procesos se producen de manera simultánea en el acto de comunicación. Lo cierto es que es esencial considerarlos, reconocerlos y abordarlos con el propósito de mejorar la experiencia de interacción con otros y aumentar el impacto de nuestra expresión.

La voz guarda mucha información, trabajar sobre ella es crecer integralmente como individuos y reconocer las grandes capacidades que como seres humanos tenemos al comunicarnos.

Si quieres más información o te gustaría trabajar sobre tu voz, contacta con nosotros: enlace.ecreativa@gmail.com 

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El propósito es servir


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Una y otra vez confirmo la importancia del propósito. No se trata de un lujo que pueden darse unos pocos, tampoco de una posibilidad que solo tienen los grandes líderes, o una obligación de quienes ocupan altos cargos o posiciones de gran influencia. Descubrir o decidir un propósito es una necesidad creciente, que concierne a todas las personas.

El mundo está cambiando, las relaciones humanas redefiniéndose, el medio ambiente muestra señales de transformación, el cambio climático es una realidad, países enteros persisten en conflicto, profundas desigualdades de acceso a educación y salud se profundizan; todo esto es parte de la experiencia que compartimos en el tiempo actual.

No podemos vivir de espaldas a esa realidad, considerando que podemos protegernos en una minúscula burbuja de bienestar, tomando decisiones pensando solamente en nuestros propios intereses y en lograr los mejores beneficios en el corto plazo. Tampoco la educación universitaria puede sostenerse si funciona específica y casi exclusivamente para preparar perfiles que respondan a los requerimientos inmediatos de la industria o el comercio.

Es necesario abrir las posibilidades de reflexión y en todos los ámbitos impulsar la conexión con un propósito. Eso implica mirar en el más largo plazo, considerar e incluir en nuestra perspectiva a las generaciones futuras, y establecernos metas que incluyan el aporte que queremos hacer a nuestro entorno, alcanzando al círculo más amplio que nos sea posible.

Comprender que nuestra vida es para el desarrollo de posibilidades (talentos, habilidades) en función de aportarlas y entregarlas en un proceso de mejora compartida, de apoyo a los demás, de creación de bienes y servicios que perduren más allá de nuestra existencia y otorguen valor a todo aquello con lo que nos involucramos. De esto se trata encontrar un propósito.

Todos tenemos capacidad de influencia en nuestro ambiente, no importa el espacio que ocupemos, el trabajo que desarrollemos o el nivel que tengamos en una jerarquía corporativa. Cada uno de nosotros posee la fuerza individual de producir valor y en nuestras acciones mejorar todo aquello con lo que estemos involucrados.

El propósito permite sostener la individualidad y aportar a lo colectivo, ofrece dirección a la existencia y facilita mejores procesos de comunicación, porque requerimos altos niveles de coordinación para aumentar el impacto de nuestras acciones.

Hay mucho escrito sobre lo que implica definir o descubrir un propósito personal -hay algunos que piensan que hay que crearlo, otros que ya existe en nuestro interior y sólo debemos permitirle emerger-, también es fácil encontrar distintas definiciones del mismo.

Una de las más difundidas coloca al propósito en el centro de una matriz que conecta nuestras misión, vocación, pasión y profesión; de modo que el propósito es un concepto o imagen que permite articular distintos ámbitos de nuestra experiencia subjetiva.

Aunque comparto esta visión, el énfasis lo colocaría en la actualidad en un elemento que a veces se pasa por alto: el del servicio. Encontrar un propósito personal no es un ejercicio intelectual; es una acción, es una experiencia integradora. Una vía segura para conectarnos con esa noción esencial es brindar servicio: dar, entregar, ofrecer lo mejor de nosotros en las más pequeñas acciones cotidianas.

De modo que si tuviera que indicar un camino para plantearlo y manifestarlo, sería ese: ponernos en acción en algún proyecto de servicio, dar de manera consciente a otros. Esto no como algo excepcional, sino como parte integral de nuestra labor, oficio o trabajo.

Finalmente, quiero insistir en la relevancia de incluir esta línea de reflexión en los espacios de educación y aprendizaje. Plantearnos un propósito es mucho más amplio y responde mejor a los retos del mundo actual que el preguntarnos por un oficio o profesión. Es indispensable invitar a jóvenes en las universidades a un cuestionamiento real y a preguntarse sobre aquello que desean aportar a sus familias y comunidades.

Independientemente del modo en que sirvamos en este mundo, el propósito nos guía siempre y nos impulsa al máximo nivel de desarrollo personal posible.

Si te interesa tener más información sobre este tema o avanzar en el proceso de experimentar tu propósito, escríbeme a contacto.ecreativa@gmail.com .

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Lo espiritual: sutil y potente conexión


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Hoy quisiera poder escribir sobre algo delicado y sutil, que es al mismo tiempo poderoso. Se trata de, casi no sé cómo clasificarlo, una dimensión o ámbito de nuestra vida que muchas veces descuidamos.

Lamentablemente estamos acostumbrados a concebirnos como seres separados o fragmentados: consideramos que nuestro pensamiento, emociones y sensaciones corporales son fenómenos autónomos, apenas vinculados unos con otros. Por eso afirmamos que nuestras emociones nos llevan a hacer cosas que no queremos hacer realmente, o que nuestro pensamiento nos traiciona.

Es cierto que, si insistimos en esa perspectiva y vivimos con esa creencia, al paso de los años eso es lo que obtenemos: una dispersa sinfonía de diversos impulsos y señales, que pocas veces llegan a armonizarse. Entonces subrayamos la separación y la división, esto lo proyectamos hacia fuera y así cultivamos una experiencia de soledad.

Desde mi perspectiva, el ingrediente que falta allí es la espiritualidad, esa consciencia que puede devolvernos la vivencia de la conexión y hace posible que estén alineados pensamiento, emoción y corporalidad. Lo espiritual es fundamental para comprender al unidad que somos, tanto como para aceptar el vínculo que existe entre todo lo que se moviliza en nuestro entorno.

Es quizás el ámbito espiritual el que muchas veces, en los tiempos que corren, sentimos más aislado o apartado. Le dedicamos el tiempo que sobra, como una actividad especial de los domingos, algo que no es del todo imprescindible y que por supuesto no tiene utilidad real.

Pero en realidad sin la dimensión espiritual estamos perdidos, lo que afecta todas nuestras interacciones. Sin la vivencia de ese aspecto de nuestra experiencia, no tendremos vínculos trascendentes ni desarrollaremos nuestro potencial de comunicación. Esto porque:

  • El pensamiento suele ser errático, varía de un objetivo al otro con mucha rapidez, se agota con cierta facilidad y puede vagar sin dirección a menos que tengamos un propósito. Si trabajamos sobre la espiritualidad, tendremos mejor enfoque mental.
  • Las emociones también son cambiantes, continuamente varían y nos sorprenden con frecuencia. La consciencia espiritual nos permite percibirlas sin que nos abrumen o nos hagan caer por pérdida de balance. Y si caemos, por una sacudida emocional fuerte, volveremos a levantarnos a través de la conexión con un propósito trascendente, o por la certeza de ser más que ese suceso y esas emociones.
  • El cuerpo es lo más tangible que tenemos, a través de él percibimos y nos relacionamos con el mundo que llamamos real. Todo nuestro sistema de sensaciones se amplifica cuando permitimos el nexo espiritual.

Podemos elegir negar lo espiritual, creer que no hay nada más que nuestro pensamiento como fuerza suprema. Entonces eso será lo que experimentaremos y será una verdad total para nosotros. 

Sin embargo, también podemos escoger asumir la espiritualidad cada día de nuestra existencia, integrarla a nuestra cotidianidad, cultivarla y percibir cómo esto cambia nuestra perspectiva de manera radical.

Entonces nuestra presencia se hará más fuerte y nuestras comunicaciones tendrán mayor impacto, los vínculos que generemos tendrán más sentido y potencia. Sólo a través de la espiritualidad alcanzaremos la posibilidad de viajar hacia el otro, o que ese otro se movilice hacia ese lugar donde armonizamos, que es el de la verdadera comunicación.

Una vez entendido esto, el desafío será encontrar modos de entrenar la espiritualidad, dándole el mismo valor y tiempo que le ofrecemos a la mente (estudio), a las emociones (relaciones) y al cuerpo (ejercicio físico).

Si quieres saber más sobre cómo trabajar integrar estos elementos, para darte sentido y dirección, y facilitar comunicaciones de mayor impacto y trascendencia, escríbeme para apoyarte a contacto.ecreativa@gmail.com .