Autor: Markel R. Méndez H.

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Una invitación a escuchar


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No es cuestión sólo de efectividad, sino de humanidad, de lo que nos es esencial para sostener el mundo en que vivimos, que sea posible comprendernos y convivir, que progresivamente vayamos ganando más espacios para el respeto y la paz.

Se trata de ESCUCHAR, esa práctica que a veces parece tan perdida, aunque pasemos tanto tiempo en nuestros dispositivos «inteligentes» consumiendo información. Porque escuchar no es una operación exclusiva del pensamiento, sino que es un acto que nos implica por entero.

Escuchar genera conexión, se trata de ser capaces de recibir al otro y también de ir hacia ese con quien nos comunicamos. Abrirse a escuchar, percibir por entero, es un riesgo real que nos va a transformar en cada interacción, ampliando nuestras posibilidades de ser y hacer.

Nuestra supervivencia depende de la capacidad para escuchar, de modo que podamos responder adecuadamente a lo que sucede en el entorno, e incluso seamos capaces de armonizar en el contexto aquello que viene de nuestro interior: nuestras necesidades, emociones, ideas, propuestas, visiones, proyectos.

Nos hemos acostumbrados a creer que las metas se alcanzan a fuerza de voluntad y, si bien es cierto que se requiere disciplina y dedicación para convertirnos en maestros de cualquier arte u oficio, es importante reconocer la necesidad de sincronizar un conjunto de elementos que no dependen únicamente de nuestro libre albedrío y decisión, sino de múltiples factores que escapan a nuestro control consciente, y que se movilizan de formas sumamente sutiles.

Escuchar es entonces respetar los ritmos que oscilan entre lo particular y lo universal,  que se vinculan de forma tal que todo lo que requerimos para fluir entre los sucesos y las intenciones, es lograr conectarnos con nosotros mismos y eso que somos, también en constante evolución.

Reconocer además que la escucha es relativa y dinámica, siempre dependiente del lugar desde el cual recibimos la información o percibimos los elementos de una situación en la que interactuamos con otras personas. Eso nos alejará de «verdades absolutas» que no son otra cosa que rigidez.

Mantenernos abiertos, flexibles; ceder posición y experimentar la oportunidad de aprendizaje que eso representa; cooperar, mantener el foco en el resultado sin apegarnos; no defendernos ni forzar a otros a pensar como nosotros; permitirnos el error, reconocerlo y avanzar; cuidarnos y cuidar a los demás; todas son formas prácticas de escuchar, y en la medida en que más las integremos a nuestra cotidianidad, mayores niveles de percepción y conexión alcanzaremos.

Esta es mi invitación. Vamos a escuchar.

Si quieres más información, entrenar tu percepción o trabajar sobre tus habilidades de comunicación, comunícate conmigo o suscríbete.

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Resiliencia: superar la adversidad


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Hago una suerte de paréntesis para abordar un tema que ha estado muy presente durante los meses recientes, reflexiones que han sido generadas por una experiencia significativa, que me ha marcado de manera profunda, ampliando mi perspectiva sobre los procesos de comunicación humana. 

De las rupturas y las fronteras

Hay quienes han tenido que experimentar crisis profunda en sus vidas, quienes llevan sobre sí las cicatrices de irrecuperables rupturas, quienes viven las fronteras como el límite entre la vida y la muerte.

Algunas de esas personas tuve oportunidad de entrevistar a lo largo de este año: a la pareja que salió de la finca porque un grupo armado les amenazó de muerte; a la muchacha adolescente cuyo nombre colocaron en una lista negra porque había mostrado exceso de liderazgo en su pueblo; a la mujer que fue extorsionada y perseguida hasta que su fortuna se convirtió en un vacío profundo y soledad. Todo esto está en movimiento, en el mundo en que vivimos hoy, en la dimensión de los máximos contrastes.

No puedo exponer aquí los detalles, el material no me pertenece, pero sí puedo afirmar que fui testigo de las profundas heridas que tenemos en los países de América Latina y también en las naciones del mundo: las marcas de los conflictos, la violencia, la desigualdad y la injusticia.

Las cosas que damos por seguras

La mayoría de nosotros nos olvidamos de esas realidades difíciles en el devenir cotidiano. Si vivimos en un contexto de relativa paz, con ciertas garantías y seguridad, con un trabajo y espacios de entretenimiento, damos por sentado que esa es la realidad generalizada y juzgamos desde ese lugar al mundo.

Pero esos espacios han sido ganados a través de años de historia en confrontaciones, luchas de colectivos, movimientos y grupos sociales que han trabajado arduamente para lograr la defensa universal de los derechos humanos, entre muchas otras cosas que hoy pensamos que están garantizadas.

Es importante recordar que no lo están, porque si lo comprendemos seremos más cuidadosos en nuestro comportamiento, más responsables socialmente y mejores ciudadanos.

Hacia la resiliencia

También seríamos menos individualistas y autosuficientes, al comprender la importancia vital que tienen nuestras relaciones y vínculos con otros, los espacios e instituciones que nos acogen (la escuela, los centros educativos en todos sus niveles, los gobiernos locales y nacionales, las organizaciones comunitarias), y finalmente las experiencias y aprendizajes que van desarrollando en nosotros competencias y habilidades.

La resiliencia es tanto individual como colectiva. En una persona se manifiesta como la capacidad para sobreponerse a largos períodos de dolor y adversidad; en una sociedad como la posibilidad de resistir y responder a situaciones de crisis, garantizando la seguridad de los ciudadanos, gracias a la fortaleza institucional.

Lo cierto es que vivimos en un mundo que requiere de nosotros más consciencia y más resiliencia. Las crisis, los conflictos, los desastres, todas son señales de la necesidad de transformación en todos los ámbitos de la vida humana. Desde lo más personal e íntimo, hasta los espacios colectivos y las nociones universales, se requiere de nuestra reflexión y acción inmediatas.

Y son precisamente esas voces impactadas por la fatalidad las que tienen el saber y la experiencia necesarias para enseñarnos sobre cómo hacernos más fuertes y resilientes; sus historias representan tanto una alerta ante la iniquidad y los atropellos, como un testimonio de valor y superación.

ESCUCHARNOS

De modo que es fundamental escucharnos, no solamente a los eruditos y los expertos, a los exitosos y famosos, sino también a los olvidados y relegados, especialmente a quienes están fuera del sistema, aquellos que han sido discriminados y apartados. Es posiblemente allí donde estén las claves para transformar al mundo en que vivimos en un lugar de mayor paz e integración.

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Mantenernos constructivos frente a la incertidumbre


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Todo cambio tiene una dosis de incertidumbre. Las modificaciones más pequeñas traen consigo movimientos que, por más minúsculos que sean, pueden producir algún grado de ansiedad frente a lo nuevo desconocido. Sumemos a esto nuestras expectativas, las ideas que tenemos sobre lo que debería ser y lo que no debería ser. Nuestros temores profundos, que pueden dispararse fuera de nuestro control en cualquier momento. Si miramos solamente este rostro de los cambios, pocas veces nos atreveríamos a modificar nuestra realidad.

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Pero la posibilidad transformarnos a nosotros y al mundo en que vivimos es real y, si miramos bien, está en todo lo que hacemos. Cada movimiento que iniciamos, cada relación, cada elección en el diario devenir, viene cargado de la idea de algo distinto, de alguna visión sobre las posibilidades futuras, de una esperanza sobre lo que deseamos experimentar.

Así que allí está, una suerte de tensión creativa: podemos temer al cambio, pero al mismo tiempo lo deseamos. Esperamos que las cosas en nuestro mundo se muevan, que sean diferentes en algún nivel a como son ahora. Porque todos queremos avanzar, crecer, aprender, abrir oportunidades, compartir, vivir el amor, el encuentro; y todos sabemos que para ello es necesario a veces retroceder, fracasar, fallar, cometer errores, perder, desencontrarse.

Si sabemos aprovechar estos momentos, que hay muchos en la vida (quizás la mayor parte del tiempo), en los que las cosas no van como queremos que vayan, en las que nos vemos movilizados hacia espacios y circunstancias desconocidas, encontraremos infinitas oportunidades para desarrollar nuevas habilidades, aprender distintos modos de hacer las cosas, producir o encontrar mejores resultados y además disfrutar el proceso. Porque donde están los mayores desafíos, también aguardan las mejores posibilidades.

Recientemente he enfrentado retos que considero importantes y he compartido algunas de estas ideas con amistades que están recorriendo nuevos caminos, iniciando proyectos, y juntos coincidimos en la necesidad de aprender a enfrentar la incertidumbre. Lo cierto es que tenemos la posibilidad de reconocerla como necesaria, para poder superar momentos difíciles, sostener el enfoque en lo que buscamos y dar solamente un paso a la vez, ni más ni menos.

Una forma de experimentar el mundo es asumiendo que lo que llamamos realidad es una proyección de nuestro interior: nuestras creencias y juicios funcionan como un filtro que nos permite ver sólo aquello que estamos preparados para percibir. Aceptar esto como cierto es reconocer que un cambio en el interior puede transformar radicalmente el mundo exterior.

Así que una decisión que puede servirnos de gran apoyo, es ver el mundo de la forma más constructiva que nos sea posible y hacernos responsables de ello. No me refiero al «ser positivo a ultranza», tampoco al «estar por encima de los hechos», sino trabajar sinceramente por aportar y edificar en cualquier relación, interacción o situación. Esta idea ha hecho una diferencia importante en mi vida, mantenerla firme no siempre es fácil, pero es una gran intención que me permite descubrir nuevas posibilidades en el camino.

He conocido personas que han pasado por situaciones que yo considero extremas, que han estado al borde de la muerte, o han atravesado verdaderos túneles que les han tocado profundamente en todos los niveles de su vida. Estos eventos los han hecho reinventarse, muchos incluso se han convertido en guías para otros, en luces del camino de los demás. No deja de sorprenderme la capacidad de nosotros los seres humanos para convertir los desafíos en aprendizajes y nuevas fortalezas.

Avancemos con la certeza de que, frente a la incertidumbre, nuestras capacidades se renuevan y fortalecen.

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¡ESCUCHA! El necesario ejercicio de no juzgar


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De los ejercicios más importantes en los procesos de comunicación, está el escuchar. Practicar la escucha nos puede llevar a experiencias y aprendizajes profundos. Escuchar implica una posición de apertura, que podemos llevar al nivel que decidamos en función de nuestra visión y postura ante las cosas y las personas que nos rodean.

Recientemente me he propuesto llevar mi escucha a un nuevo nivel, intentando ser más consciente de los prejuicios que tengo al respecto de las personas. Ha sido un proceso desafiante y muy interesante, porque me he percatado, y estoy seguro no ser el primero en pasar por esto, que tengo más prejuicios de lo que creía.

Piensa por un momento en ello: hay personas que consideramos «menos», de distinta manera, a veces de modos muy sutiles. Sé que nuestra primera reacción al plantear esto, la mía también la fue y todavía a veces me resisto, es decir «no, no, en mi caso no es así, yo he trabajado mucho y acepto a cualquier persona». Pero lo cierto es que juzgamos de manera inmediata, sólo por el aspecto físico, o por la forma de hablar, entre otros elementos.

Incluso es una práctica natural conocer a alguien y luego revisar el conjunto de prejuicios que nos hemos hecho. Nos encontramos con alguien nuevo y más tarde estamos comentándole a alguien de confianza las cosas extrañas que dice o hace, y si nos ha caído mal por alguna razón entonces nos esforzamos por indicar lo que está fuera de lugar. Usamos muchos calificativos de manera muy alegre e irresponsable, por así decirlo.

Por supuesto el juzgar es inevitable, lo hacemos para procesar nuestras interacciones a mayor velocidad, ahorrar energía y poder ubicarnos ante los otros rápidamente, utilizando nuestras referencias del pasado. Entonces no se trata de eliminar el juicio (o prejuicio) sino de hacerlo consciente, saber que está allí y, lo que es más difícil, entender que eso no es la verdad, que puede estar equivocado (y la mayor parte del tiempo lo estará).

En realidad lo que hacemos la mayor parte del tiempo es lanzar nuestras proyecciones, nuestras ideas preconcebidas, a veces hasta nuestra «basura» sobre los otros. Lo que percibimos no son ellos, sino lo que nosotros creemos que son según nuestros estándares.

Este es el primer ejercicio que propongo, darme cuenta de que estoy equivocado, que coloco sobre las personas con quienes interactúo mis propias percepciones, que intervengo en niveles que producen a confusión, malos entendidos, porque en el fondo estoy intentando forzar a los demás a que vivan como yo creo que deben hacerlo, a que actúen ajustados a mis estándares, y les reclamo, sobre todo a los más cercanos, cuando esto no ocurre de esa manera.

¿Qué pasaría si recojo mi basura y la proceso dentro de mí en vez de lanzarla sobre los demás? ¿Con qué nos quedamos si juntamos nuestras proyecciones y las detenemos por un instante para intentar percibir lo que hay más allá?

No tengo respuestas para estas interrogantes, pero vale la pena intentarlo. Escuchar es un camino para el entendimiento, para la cooperación, para el fortalecimiento de nuestros vínculos como seres humanos.

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COMUNICAR: La conexión primero


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Para poder comunicarnos mejor hay que lograr realizar una afirmación interior: conectar con una motivación propia y permitir que ello movilice nuestra percepción en grado tal, que aparezca claramente esa necesidad de interactuar con otros para que compartan nuestra visión.

De esto se trata realmente el acto de comunicación: conexión. Creemos que los efectos de persuasión, impacto, elocuencia, son todos consecuencia de un compromiso verdadero con aquello que decimos y a quien se lo decimos. La mayor búsqueda, la que tiene más sentido, es la de ser genuino, lo que implica responder desde adentro.

Con frecuencia se insiste en los efectos del acto de comunicación, de modo que los entrenamientos para oradores o presentadores se centran en la forma, lo cual por supuesto resulta muy útil: trabajar la voz, el gesto, la postura, el ritmo. Todo ello es necesario y cuando está bien abordado produce notorios avances.

Pocas veces sin embargo se complementa este trabajo o se aborda lo que consideramos todavía más relevante: la motivación, el reconocimiento de un propósito, la identificación del propio estilo de expresión y la consciencia sobre el nivel de responsabilidad que implica comunicarnos mejor.

Es interesante sin embargo que no se puede trabajar un ámbito sin movilizar el otro, de modo que aun cuando solamente entrenemos la forma, o nos esforcemos únicamente en mejorar el uso de nuestro instrumental expresivo (voz y cuerpo), estaremos de todas maneras afectando otros elementos de nuestra percepción y experiencia subjetiva (autoestima, seguridad personal, claridad, empatía, espontaneidad).

El peligro está en que si sólo se insiste en los elementos de la forma, el camino es mucho más largo, repleto de dificultades y los efectos difícilmente serán duraderos, además de la tensión que se genera en cualquiera cuando intenta hablar o realizar una presentación siguiendo una lista interminable de indicaciones técnicas.

Cuando se trabajo de manera directa sobre los elementos de la conexión, el propósito y la motivación sin embargo, la forma adecuada de expresión parece llegar por sí misma, sin presiones innecesarias, como si ese conocimiento está alojado en el cuerpo desde el nacimiento. La forma necesaria (la voz, el gesto, el ritmo, la mirada, el cuerpo) aparece cuando existe una verdadera necesidad de comunicación.

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Comunicar espacios de convivencia


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Hoy se ha renovado dentro de mi la idea de crear y expandir espacios de solidaridad, convivencia e inclusión. Esta vez ha ocurrido a través de la campaña de la ONG RET Internacional, con su mensaje «Lo que nos Une».

Creo firmemente que estas nociones tienen una vida propia, y que nos alcanzan cuando tenemos la apertura necesaria para captarlas e involucrarnos, en cierto nivel, con su realización.

Como una flecha de cupido, esta necesidad de abordar y difundir un mensaje de paz y mayor responsabilidad social se me ha clavado en el pecho. Es lo que desde el fondo le da sentido a todo el trabajo que hacemos.Jóvenes La Cañada

A veces esto se olvida y se cree que saber comunicarnos con otros en el ámbito personal u organizacional, cara a cara o con mediación tecnológica, tiene como propósito vender y posicionar. Pero esto es solamente cierto en un nivel, porque si ampliamos la perspectiva nos daremos cuenta de que todos estamos involucrados en un proceso que puede conducirnos a vivir mejor, en armonía y plenitud.

En el cuadro mayor estamos todos buscando, y compartimos la necesidad de espacios de paz, donde sea posible la realización personal, la evolución de la sociedad, el desarrollo de una conciencia de cuidado de nosotros, de los otros y del medio ambiente.

Esta es entonces la misión: generar, crear, impulsar, ayudar a sostener, espacios seguros para los seres humanos, nuestro compartir consciente y cercano, en respeto y conexión. Si producimos esos espacios de encuentro, virtuales y presenciales, se facilita la producción de iniciativas hacia una mejor calidad de vida.

Iniciemos entonces la promoción y la búsqueda de estas posibilidades. Mira como ejemplo esta campaña LO QUE NOS UNE.

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4 errores del aprender a expresarnos


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La conciencia sobre nuestras tensiones, movimientos emocionales, bloqueos, prejuicios, sigue siendo la mejor forma de avanzar en los procesos de comunicación en los que participamos. No hay forma de aprender a expresarnos mejor, de alcanzar los más altos niveles de conexión y de persuasión, que el conocimiento de nosotros mismos.

Este es un hecho muchas veces minimizado o menospreciado, porque la frase que reza «conócete a ti mismo» se toma a la ligera, cuando lo cierto es que esconde una gran sabiduría. Por eso quisiera hoy compartir con ustedes algunos errores típicos del aprendizaje en comunicación humana (oratoria, expresión, trabajo de la voz y afines) que son difíciles pero no imposibles de superar:

1. Separar lo técnico de lo ético.

Muchos talleres de oratoria, cursos para mejorar la capacidad de comunicación con otros, se enfocan exclusivamente en lo técnico, prometiendo aquello que no pueden garantizar. Basan todo su trabajo en «tips», lo que se presenta como una forma rápida de mejorar las habilidades expresivas e impactar a otros en muy corto tiempo.

En general, no puedo afirmar que sea siempre, estos «atajos» son un engaño, y tienen un efecto de muy corto plazo. Además cuando un instructor o facilitador se enfoca sólo en la forma, haciendo indicaciones externas sobre cómo pararse, cómo mirar, qué tipo de palabras usar, sin ningún proceso que le sustente, lo que produce en el participante o cliente es tensión, que puede ir en aumento en la medida en que se intenta controlar el conjunto de elementos que intervienen en el acto de comunicación cara a cara.

No existe técnica sin ética, esto es: sin la reflexión sobre nuestro lugar en el mundo, la relación con otros y qué esperamos aportar o alcanzar al desarrollar nuestras habilidades de comunicación.

2. Creer que conocer es lo mismo que saber hacer.

Mejorar nuestra expresión es un proceso de entrenamiento, similar al que se requiere cuando queremos desarrollar una nueva competencia. Es imprescindible invertir tiempo de entrenamiento consciente, como si se tratara de un músculo. De modo que conocer una técnica, leer sobre ella en un libro, es el primer paso necesario, pero el proceso no debe terminar allí.

El desafío siempre será encontrar los espacios para, por cuenta propia, entrenar la expresión.

3. Fantasear con la idea de controlar a otros.

Me ha tocado numerosas veces acompañar a clientes que inicialmente desean controlar a otros, o se plantean objetivos muy externos que no en general no conducen a un buen proceso ni adecuada resolución.

Si el propósito está colocado en un efecto en extremo externo, como desear que los otros (compañeros de trabajo, miembros del equipo, supervisores o supervisados, amigos, pareja) hagan exactamente lo que yo deseo, se está partiendo de un imposible y seguramente de no corregir se generará frustración al no alcanzar los resultados esperados.

4. Sobrestimarse o subestimarse.

Creo finalmente que es muy importante trabajar con el propio ego. En general concibo que fenómenos como el miedo escénico o el exceso de confianza son distracciones, juegos internos que nos sacan del verdadero objetivo de un acto de comunicación.

El interactuar con otros lleva implícito la intención de cooperar, coordinar, comprender, colaborar; todos desafíos que requieren de mucha energía para ser alcanzados, aunque muchas veces los damos como alcanzados antes de tiempo. En este sentido, es crucial no permitir que el ego interfiera con un juego de comparación con otros.

Atajos como «piensa que nadie más sabe de esto como tú» o «imagina que la audiencia está desnuda», son juegos que no recomiendo, o en todo caso sólo podrían ser utilizados en un caso concreto en donde sean realmente un recurso para un obstáculo particular, nunca son vías universales.

El ego tiene su lugar por supuesto, es el elemento que nos permite de forma consciente presentar y defender nuestra perspectiva en el proceso de comunicación, pero sugiero que siempre estemos muy conscientes si estamos comparándonos ya sea que nos creamos mejores o peores que otros (es el mismo juego), para colocar esa tendencia de lado y poner nuestra energía en el acto de comunicación.

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3 creencias limitantes al comunicarnos


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Comparto con ustedes algunas claves sobre el acto de comunicarnos, especialmente para aquellos que están buscando hacerlo con mayor impacto, o quienes sienten que necesitan más fluidez y seguridad por el desarrollo de sus carreras o porque su profesión les lleva a ello.

Hay mucho que se piensa y dice sobre el acto de comunicación que siento no ayuda a facilitar el camino hacia una expresión más fluida, de mayor conexión, y que lleva a muchas personas por un camino que les aleja de si mismos y por lo tanto del otro. En mis años como profesor y facilitador en estos campos, especialmente en Artes Escénicas, Oratoria y Comunicación Persuasiva, me he encontrado muchas veces con creencias instaladas que limitan el encuentro, bloquean la espontaneidad y por lo tanto disminuyen la efectividad del comunicador u orador.

Veamos algunas de las que identifico como más importantes:

– Hay una forma correcta de hacerlo. Es de las ideas que más bloquea no solamente la libre expresión personal, sino la creatividad y las posibilidades de aprendizaje. Realmente no hay una sola forma correcta de hablar en público, o de comunicarse cara a cara con otras personas, o de expresarse frente a una cámara de televisión. Esta idea de «lo correcto» genera mucha tensión, porque produce que una persona que quiere plantear una idea o proponer algo a otros (sus servicios, sus ideas, sus proyectos, sus creaciones) coloque una tensión artificial sobre sí mismo y sobre los otros, colocando en su interior una imagen de «cómo debería ser», alejándose de «lo que es o de lo que está siendo». Es sumamente difícil comunicarse realmente por esta vía.

Recomendación: olvidemos lo que «debería ser» y  pongamos el foco en «lo que es». 

– Debemos controlar nuestros impulsos y emociones. Muchas veces toda la energía se coloca en lo racional, por lo tanto en elementos como estructuración del discurso (que por supuesto es muy importante, pero no necesariamente lo más relevante), y en el control sobre impulsos y emociones. Sobre todo me preocupa aproximarnos al acto de la comunicación humana desde una perspectiva de «control», con afirmaciones como «no quiero que se note que estoy nervioso o nerviosa», «no quiero que se den cuenta si no se algo»; todo el énfasis está colocado sobre el control. Esto también tiene que ver con la forma en que se comprende en nuestros tiempos el acto de comunicación: centrado en sus efectos; hoy en día no se concibe que la interacción con otras personas no se realice para obtener algún resultado. Pero yo propongo que cambiemos de enfoque por el de contacto: comunicarnos con otras personas, incluso si estamos vendiendo un servicio o proponiendo el desarrollo de un proyecto, se trata de hacer una conexión real y transmitir (casi podríamos decir contagiar) nuestra perspectiva o entusiasmo acerca de algo. Para lograr eso debemos estar conscientes de nuestros impulsos y emociones, y canalizar toda esa energía en el acto de comunicación.

Recordar: los seres humanos nos conectamos (nos comunicamos) realmente a través de las emociones.

Yo comunico, entonces dirijo mi energía hacia los otros. Este es un elemento sutil en la práctica pero muy importante, y en mi experiencia de profundo significado. Cuando una persona se propone hablar en público, dialogar con un potencial cliente en una reunión, o manifestar sus ideas por los medios de comunicación, generalmente concibe este acto como un proceso de emisión activa hacia perceptores pasivos; vale decir que imagina que su mensaje (verbal y no verbal) sale como una flecha hacia el otro: las palabras viajan de su boca a los oídos de los demás, los gestos son percibidos por quienes le escuchan. Esto por supuesto es correcto, pero genera tensión adicional, pues nos impone la exigencia de conducir intencionalmente todo el acto de comunicación. Por el contrario, el acto de comunicar, desde mi perspectiva, es primero una acción de escucha activa. En mi experiencia es el otro, o los otros, realmente quien conduce el proceso, quien decide el ritmo e incluso la forma en que quiere recibir la información que estoy ofreciendo. Así que siempre el elemento más importante a trabajar si quiero ser un orador o comunicador excepcional, es la escucha, la capacidad de percepción. Esto es el centro de mi trabajo.

Recomendación: empieza escuchándote, abriéndote a percibir la relación que tienes contigo y a partir de allí percibe a los demás.

Todos estos aspectos son importantes al momento de comunicarnos, y abren una perspectiva totalmente diferente del entrenamiento de oradores y voceros, así como del desarrollo de nuestras habilidades expresivas. Todo está enfocado en el contacto humano, en la relación que se establece entre nosotros y los otros.

Las implicaciones prácticas son innumerables, y es eso lo que cada día espero difundir y dar a conocer a amigos, colegas e interesados.

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Al comunicarnos nos creamos una «identidad»


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Hace un par de días me encontré en la siguiente situación: entré en un local de impresión, de esos que tienen desde diseño hasta fotocopias, para retirar unas tarjetas de presentación que me habían dicho ya estaban listas. De hecho lo estaban, pero eso no evitó que estuviera allí por casi una hora. Se dio la coincidencia que, desde el instante en que entré, fueron apareciendo personas con las que tuve breves conversaciones e intercambio de tarjetas; era como si fuese parte del servicio probar entregarlas en el momento y verificar su efecto.

En esos diálogos se repitió más o menos el mismo esquema: apretón de manos, intercambio de nombres y oficios, entrega de cartas de presentación, dos o tres comentarios superficiales sobre lo que cada uno anda haciendo en el momento, y despedida cordial con sonrisa y mirada breve. Hasta aquí, nada extraordinario ¿cierto? Lo que se me hizo interesante de este ejercicio, que he hecho muchas veces antes por supuesto, es la forma de elegir lo que cada uno dice que hace.

A estas alturas, tengo 40 años de vida y voy a cumplir 20 como graduado universitario, sé que son muy pocos los casos en que la carrera ha sido lineal, o que se ha desarrollado una sola cosa de forma inamovible a lo largo de la vida. O incluso si nos hemos desempeñado en un particular campo, esto ha tenido sus giros y sus tropiezos. Las cosas en general nunca son como nos las imaginamos.

Puedo afirmar que soy comunicador, pero esto no me define, es sólo uno de mis roles. Podría presentarme diciendo que soy experto en estrategias de comunicación para ONG, o facilitador, o docente universitario, o actor… También puedo enfocarme en otros aspectos y decir que soy padre, hermano, hijo, amigo… Todo lo anterior es cierto. Somos esto y somos aquello, porque se trata de papeles que representamos, se trata de, como afirmé antes, los roles que jugamos en nuestras vidas.

Por eso aquella hora en ese local de impresión se me hizo un interesante ejercicio de interacción escénica, donde cada uno de los presentes representamos para los demás distintos personajes. Entiéndase bien, no estoy hablando de representación en el sentido de mentir o engañar, tampoco estoy afirmando que jugar estos roles es un acto de hipocrecía. Por el contrario, esta dinámica es lo que nos define, es lo que genera eso que llamamos «persona», es lo que va constituyendo el ser. Es así: lo que somos se va generando en la interacción con otros. De modo que se trata de un acto honesto y comprometido.

Sin embargo: un rol, un título, un oficio, una palabra, no nos define, no nos limita. Las palabras, los actos de comunicación, nos van constituyendo: así que desde este punto de vista no es lo que somos, sino lo que «vamos siendo», o quizás sea mejor decir «lo que vamos haciendo». De allí que sea tan importante no identificarnos con lo que «decimos que somos», pues el hacer es lo que genera cierto sentido de identidad. Mantengamos, si es posible al menos a ratos, al ego en su lugar. Que sea ese testigo consciente y ese yo que opera en lo que reconocemos como realidad, entrando en la dinámica de representar para nosotros y para otros un papel, con el único propósito de poder entendernos. Nada más.

Es hermoso verlo así: como estamos cambiando continuamente, y realmente nuestra identidad se mueve orgánicamente y va mutando de acuerdo a los roles que jugamos, lo que hacemos es ponernos una máscara (como dije antes, con honestidad y compromiso) para que los demás puedan percibirnos y decir «tú eres el hijo de…», «tu eres comunicador… o ingeniero…», y de ese modo sea más fácil interactuar.

Lo que creo que hay más allá, son posibilidades infinitas en el proceso de recrearnos, de reinvertarnos continuamente. Esto es lo que hacemos a diario en cada acto de comunicación, y en esa dinámica también transformamos el mundo en que vivimos.