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Coaching

Que surjan las posibilidades


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En julio de 2018 estaba todavía en el proceso de formación en Coaching, en la International School for Coaching and Human Development (ISCD). En ese marco me invitaron a realizar una reflexión abierta sobre una de las Maestrías de la International Association of Coaching: Hacer Surgir Posibilidades (aquí puedes ver esa presentación).

El proceso de que surjan posibilidades me parece misterioso, porque desde mi perspectiva es producto de la espontaneidad o, dicho de otro modo, de una chispa creativa. En el proceso de coaching, también en la dinámica psicodramática o arteterapéutica, de pronto miramos las cosas desde otra perspectiva, nos ponemos en un lugar en el cual no habíamos estado antes y observamos con un sentido inédito que nos permite reconocer otros caminos.

Esto se produce gracias a ciertas condiciones: de confianza, de apertura suficiente para permitirnos ver más allá de las limitaciones sentidas a priori. Es decir que, a través de la exploración (del diálogo, de la acción espontánea, del trabajo creativo) superamos barreras que creíamos infranqueables.

Me siento muy cerca de este abordaje porque en mi experiencia no lo veo únicamente como un acto de voluntad, sino como un proceso de conexión con algo esencial dentro de cada uno de nosotros, el descubrimiento de la propia narrativa sostenida desde el interior, repitiéndose en una dinámica que nos atrapa y de la cual podríamos no ser conscientes.

El primer paso es atreverse a realizar algo diferente, aunque sea pequeño en apariencia; es el principio de cualquier experiencia de aprendizaje: dejar que algo nuevo entre o emerja de nuestro sistema. Es importante decirlo así porque no todo contenido novedoso viene del exterior, sino que en realidad se produce como un entrecruzamiento de nuestra búsqueda y el contexto, un diálogo que nos moviliza.

Una palabra, una pregunta que no había sido planteada, un movimiento inesperado del cuerpo (con su respectiva sensación), un dibujo, un poema, todas son puertas de entrada a lo desconocido, al ámbito desde el cual surgen las posibilidades. Cuando ocurre ese destello en una sesión de trabajo, entonces se pueden mirar con mayor claridad las opciones presentes en determinada situación.

El enfoque entonces está en generar las condiciones adecuadas para el acto de atreverse a avanzar en la incertirumbre, un espacio de escucha suficientemente seguro para transgredir las propias creencias con respecto a sí mismo o a determinada situación. Esta sería la vía para una expansión de la conciencia.

Como desafío común está entonces el permitir el silencio generativo, el provocar con preguntas abiertas, el valorar hasta el mínimo atisbo de novedad, la expresión de las propias narrativas hasta en lo más pequeño. Así se va fortaleciendo una voz genuina, la espontaneidad indispensable que generalmente perdemos en el devenir cotidiano, cuando nos volvemos rígidos en determinados roles.

Probar otras formas de estar y de actuar es desafiarnos a ser diferentes, lo que constituye la esencia de nuevas posibilidades. En el experimento de llevar a mi propia vida cada uno de estos planteamientos, lo que ha resaltado es la necesidad de valorar lo presente, de darle un espacio digno a mi particular perspectiva para luego poder desprenderme de creencias limitantes, en un proceso que no podría hacer sino por medio de una profunda introspección, de la reflexión y del acompañamiento.

Estas son las lecciones que han resaltado en mi experiencia:

  • No creer que hacer surgir posibilidades depende únicamente de mí y de mi forma de voluntad.
  • Reconocer una fuerza genuina que desde adentro de nosotros genera posibilidades, si tenemos la adecuada actitud de apertura y escucha.
  • Contar siempre con un apoyo externo dentro del proceso.
  • Llevar un registro de las experiencias y confiar en lo que va evolucionando, fortaleciendo el diálogo interno y la relación con el entorno.
  • Valorar la espontaneidad que permite generar nuevas alternativas, incluso en las pequeñas cosas (o quizás especialmente en ellas).

El ancla es el propio llamado, el camino particular que nos toca transitar, esto es lo que nos facilita establecer un centro, tener una raiz desde la cual abrirnos a lo posible. De otro modo, nos perderíamos en la infinidad de lo factible y nos dispersaríamos hasta no poder concretar nada.


Este es un ejercicio de reflexión libre en torno a las Maestrías de la International Association of Coaching (IAC). También puedes leer sobre otras de ellas: (1) Establecer una relación de confianza; (2) Percibir, afirmar y expandir el potencial del cliente; (3) Escuchar con compromiso; (4) Procesar en el presente; (5) Expresar.(6) Clarificar; (7) Establecer y mantener intenciones claras.

Coaching

Clarificar


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Este texto forma parte de la serie de reflexiones en torno a las Maestrías de la IAC: (1) establecer una relación de confianza; (2) percibir, afirmar y expandir el potencial del cliente; (3) escuchar con compromiso; (4) procesar en el presente; (5) expresar.


Del conjunto de Maestrías de la International Association of Coaching (IAC), la de clarificar es una de las que más me ha impulsado a comprender mis propias dinámicas de desarrollo y de conocimiento de mí, de mi entorno y circunstancia.

En mi experiencia es uno de los procesos que más caracteriza la práctica del coaching, oficio en el cual se hace énfasis en trabajar con lo que está presente y poner todo a la vista, es decir, en la medida posible acompañar al cliente a que sea capaz de disminuir la confusión que muchas veces pueden producir vivencias complejas, tensiones en la toma de decisiones, distorsiones de la percepción, creencias contraproducentes y emociones intensas.

Imagino generalmente el proceso de clarificar como uno de discernimiento, en el cual cada cosa va tomando su lugar. Es posible así establecer algunas distinticiones en función de los objetivos planteados por el cliente, para apoyar su búsqueda particular de sentido.

Podríamos pensar que el acto de clarificar plantea una acción superficial, en la cual se elige esto o aquello, pero esto no refleja lo que realmente implica el proceso (que no la acción única) de clarificar. Precisamente esta maestría podría abordarse como una herramienta que nos apoya a navegar la complejidad y la incertidumbre, a reconocer la duda y las múltiples posibilidades presentes en cada momento de la vida.

Es lo que he experimentado al integrar la maestría de clarificar a mi vida cotidiana. En algunos momentos, ha hecho la diferencia entre la cooperación y el conflicto. Ampliando su alcance, incluso más allá de la práctica del coaching, creo que clarificar apoya en cualquier interacción humana:

  • Cuando tenemos una conversación ¿estamos captando verdaderamente lo que la otra persona nos quiere decir? También vale preguntar ¿está esa otra persona recibiendo realmente lo que nosotros expresamos? El proceso de comunicación es tan dinámico y de múltiples niveles, que se hace indispensable clarificar constantemente: “¿Es esto lo que quieres decir?”
  • En el momento de hacer elecciones en la propia vida, también es necesario clarificar repetidas veces. En el instante previo a la decisión, al momento de tomar una opción determinada, e incluso una vez que ya hemos avanzado por un camino elegido. Esto implica volver a preguntarnos cómo nos sentimos y si queremos mantener esa dirección, o si estamos considerando nuevas posibilidades.

Se trata de un elemento clave de la brújula interna y también de la retroalimentación de otros. Quizás como un reforzamiento de lo que otras maestrías de la IAC nos han planteado, esta exige abrir los sentidos y fortalecer la vinculación con nuestros deseos genuinos para poder establecer una relación dinámica de ubicación en nuestra vida.

¿Estaré avanzando por el camino que quiero? ¿Me estoy acercando a mi meta? ¿Esto que hago apoya mi bienestar? ¿Cómo me siento con respecto a esta experiencia determinada? ¿Cómo está mi relación con estas personas?

Para poder clarificar necesito, además, tener a mano mis aprendizajes, mis experiencias previas, mis capacidades. No necesariamente para trasladarlos al presente sin modificarlos, sino porque funcionan como puntos de referencia incluso en situaciones en las cuáles necesito desarrollar nuevas competencias o transformar mi perspectiva.

En la dinámica del coaching esto se impulsa a través de las preguntas abiertas y el uso de técnicas como el parafraseo y la expresión (cuando el coach comparte lo que percibe). En esos momentos la persona cliente puede percibir “desde afuerta” su propia lógica, el sentido de sus palabras y proposiciones, para avanzar en la estructuración de una narrativa coherente que le permita avanzar en la dirección que propone.

Clarificar es, desde este punto de vista, la llave para crear una historia diferente, la que todos necesitamos en un proceso de adaptación o cambio. Si bien no todo lo que pasa en nuestra vida podremos comprenderlo, es el rol de la conciencia actualizarse constantemente, en su papel de testigo de nuestras experiencias. Crear el propio relato y que tenga sentido para nosotros es indispensable en el proceso de fortalecimiento de la identidad y de la resiliencia, también una base importante para el desarrollo de la creatividad.

Estar en el mundo es un constante proceso de clarificación de todos los elementos que conforman nuestro relato: expectativas, inquietudes, retrasos y avances, cambios inesperados, momentos oscuros, encuentros y desencuentros etc.

De este modo podemos percibir a la persona que somos como unidad, como un ente coherente que interactúa con sus dinámicas interiores y los otros seres a su alrededor, se establece metas y actúa para alcanzarlas. Se trata de un esfuerzo constante por iluminar los rincones oscuros que llevamos todos los seres humanos, mantener encendida una linterna incluso en los momentos de tormenta.

Coaching, Psicodrama

Expresar


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Volvemos al recorrido por las 9 Maestrías de la International Association of Coaching, esta vez para compartir ideas y reflexiones relacionadas con expresar.

Ya antes he hablado de procesar en el presente; escuchar con compromiso; percibir, afirmar y expandir el potencial del cliente; y establecer y mantener una relación de confianza. En la medida en que nos vamos adentrando en el entramado que constituyen las Maestrías de la IAC, podemos percibir la fuerte conexión que existe entre cada una de ellas y cómo en su conjunto dibujan la constelación de la práctica del coaching.

Sobre expresar, lo primero que quiero decir es que el compartir de la visión del coach dentro de una sesión, siempre ocurre para el cliente, en función de sus ritmos y propuestas, preocupaciones y búsquedas. Esto puede constituir un gran desafío, dado que no se trata de un acto de demostración de conocimiento o sabiduría, sino de una interacción que expande o profundiza el asunto que está presente y la comprensión que se puede lograr sobre el mismo.

Además, la maestría de expresar es posible únicamente en el momento del proceso en el cual el cliente posee la suficiente confianza y fuerza para responder a lo que el coach le propone, incluso contradecir sus ideas y percepciones, en una dinámica donde es siempre este cliente quien tiene el rol de protagonista.

Por otra parte, veo esta práctica como una forma de elaborar comprensión y conocimiento, de transitar por los espacios internos y reflejar en el mundo concreto aquello que se está produciendo en el territorio íntimo. No hay expresión sin conexión emocional e imaginativa, sin contacto vital entre los seres humanos que están imbricados en la dinámica del diálogo movilizador. De alguna forma, esta línea de acción que es el expresar configura la idea del coaching como escuela de pensamiento, como generadora de filosofía.

Es posible reconocer el movimiento en distintos niveles: uno práctico, de abordaje de una situación, conflicto, tensión, que se trae a la sesión; otro simbólico que permite acceder a experiencias del pasado, proyecciones hacia el futuro (incierto y movible), o reconocer los aprendizajes del presente. En este último ámbito, se incluye el reconocimiento de aspectos personales que necesitan ser vistos y, de cierto modo, sostenidos o integrados.

Pienso como paralelismo, por ejemplo, en el compartir que se produce como etapa final de una sesión de psicodrama. En ella, la clave es la expresión de las resonancias que han tenido las escenas desplegadas por el o la protagonista durante la escenificación, evitando el análisis de la situación o el brindar consejos o recomendaciones, para poner todo el foco en lo que se ha sentido o experimentado, ya sea en la ejecución de un rol o como audiencia.

Una primera fase de esta maestría de expresión puede ser vista, entonces, como un compartir, por parte del coach, de las resonancias y percepciones que se generan en él o ella a partir de lo que expone su cliente. No para tomar el protagonismo o demostrar sus capacidades, sino para acompañar en el proceso de mirar y reconocer; así ocurre una expansión de la conciencia en ambas partes.

Quizás en un proceso más largo y en la dinámica de interacción sostenida entre coach y cliente, se pueda producir más tarde una experiencia similar a la que se produce en el rol del doble en psicodrama. El doblaje, como técnica psicodramática, requiere de esa doble conexión: lo que pasa con la persona que dobla y lo que está moviéndose dentro del protagonista, siendo esto último lo que marca la pauta a seguir.

Así podemos ver las múltiples posibilidades de la maestría expresar, que emerge en la relación de las dos personas vinculadas durante las sesiones de apoyo. Concretamente hemos visto:

  • La expresión siempre está en función y se produce para el cliente.
  • Es un proceso de elaboración y comprensión de múltiples elementos, desde lo práctico y hasta lo simbólico.
  • Incluye lo que el coach puede percibir y sentir (lo que le toca internamente), y a veces incluso aquello que el cliente no dice.

Cuando llevamos esta maestría a la vida cotidiana, para retomar la dinámica en la cual las experimento una a una en mis interacciones y experiencias, es inevitable que venga acompañada del silencio. La expresión sólo puede surgir del silencio, de la escucha, de la espera; es un estado de receptividad donde la palabra aparece cuando es necesaria.

Expresión y silencio son inseparables. La primera produce realidades, la segunda abre pasadizos hacia ámbitos profundos y desconocidos; juntas facilitan transformaciones.

En mi experiencia, encontrar mi propia expresión es el desafío mayor y también la tarea ineludible que me corresponde en vida. Tal vez de eso se tratan los procesos de apoyo y acompañamiento a otros, de que cada una y cada uno encontremos nuestro propio camino y empecemos a expresarnos de forma genuina, creativa y espontánea.

Coaching

El Presente


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Seguimos esta serie referida a las 9 maestrías del Coaching, planteadas y promovidas por la International Association of Coaching, revisadas de una forma vivencial y privilegiando el movimiento emocional e imaginativo al trabajar con cada una de ellas. Siguiendo el método planteado me dediqué durante una semana a experimentar mantenerme procesando todo en el presente. Es curioso que me percibí haciendo un esfuerzo por lograr esta propuesta, pues me pregunto dónde más podemos estar si no es en nuestro presente.

Recordemos que venía del proceso de escuchar con compromiso y que antes de ello habíamos estado percibiendo potencialidades sobre la base de la confianza. Mi vivencia ha sido que solamente al conectar con el momento presente todo lo anterior cobra su verdadero sentido. El ahora permite aceptar el devenir constante de nuestra experiencia subjetiva, la actualización indetenible de nuestras percepciones. Desde mi perspectiva se trata de cierta renuncia al “pretender”, al “creer ser” y al “aspirar”.

A veces se concibe el presente como el momento en el cual estamos construyendo el mañana, pero lo que he estado sintiendo está lejos de la idea de edificar, actuar para avanzar hacia algo (una visión que hemos creado). Me parece que podría tratarse de algo muy diferente, y me atrevo a decir que estar en el momento presente y procesar desde ese espacio-tiempo toda la información y estímulos, no consiste en otra cosa que escuchar-nos sin expectativas.

Esta constituye una fase en la cual involucramos todos nuestros recursos perceptivos y el amplio instrumental que tenemos para reconocer nuestras transformaciones interiores. Especialmente se manifiestan las intuiciones, las emociones, las movilizaciones de creencias sostenidas artificialmente, en un movimiento casi instantáneo que nos sacude desde adentro.

Sorprendentemente estar en el presente nos habilita para viajar en el tiempo y renovar la experiencia subjetiva relacionada con nuestros apegos pasados y futuros. Lo que se nos exige al trabajar en el ahora es abrazar la incertidumbre, que contiene posibilidades múltiples, para que pueda emerger lo nuevo a través de la tensión creciente que produce soltar los paradigmas antiguos y aceptar que no estamos en control del futuro. Cualquier otro procesamiento se quedaría en la superficie y fortalecería la distancia existente entre nuestra conciencia y la autenticidad que nos habita.

En este sentido es esta una exigencia inmensa, que requiere un acto de mucho valor, porque demanda abandonar la idea de “lo que creo que fui y lo que creo que seré”, para asumir un estado de no saber, de fluidez con aquello que emerge de forma espontánea a través de nuestra presencia. En un nivel profundo, se experimenta una especie de reconciliación radical con todo lo que fue y lo que será, dado que hay un movimiento intuitivo y creativo que otorga sentido a la experiencia personal.

Todavía diré una cosa más sobre mi experiencia procesando en el presente: lo importante no es el destino, el objetivo o la meta; tampoco el camino recorrido; lo más relevante es la innovadora vivencia de aquello que se va actualizando minuto a minuto, la chispa que se mantiene encendida creando y recreando nuestras posibilidades. Ese flujo indetenible es lo que realmente estamos buscando recuperar, lo demás es ruido fútil sin consecuencia.

Ello también nos permite vincularnos de forma más completa a vivencias compartidas, a la presencia de la naturaleza, de los seres vivos y al devenir del planeta, pues en la medida en que somos más conscientes de nuestra individualidad también lo somos del colectivo. Somos presencia y movimiento constante para la regeneración de todo lo que existe.

¿De qué forma esto se manifiesta en nuestra vida cotidiana? Sobre todo a través del silencio y un profundo sentido de compasión, una flexibilidad radical y adaptación constante a eso que nos saca del camino que creímos era el nuestro. Dicho de otro modo, es en el presente cuando se manifiestan las potencialidades, pero no de la forma en que creemos debe ser (relacionadas con el éxito o la realización de nuestros sueños), sino de la manera en que es (verdaderamente). El fracaso tiene un papel fundamental aquí, porque asienta nuestro ser en una dimensión genuina.

Lo que no deja de sorprenderme es que esto nos lleva al movimiento constante, a la conexión con el profundo sentido de nuestra existencia personal, al sentido de nuestros actos en función de lo que necesitamos y el encuentro con otros, a la realización constante de eso que hemos venido a aportar al mundo.

Coaching

Escuchar con compromiso


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En este viaje de conexión y exploración por las Maestrías de la International Association of Coaching (IAC), hemos seguido un método sencillo: nos enfocamos en experimentar cada noción durante un período de 7 a 10 días, para percibir lo que emerge de ese enfoque.

Trabajé recientemente con la tercera maestría: escuchar con compromiso. La vivencia que he tenido ha sido sencilla y profunda, la de estar presente y mantenerme percibiendo los estímulos que provienen tanto del entorno como del mundo interior, sin responder a ello inicialmente, solamente recibiendo información.

Sumado al proceso que traía de percibir posibilidades, el flujo de mi atención se transformó hacia algo más concreto que, sin embargo, no dejó de multiplicarse continuamente. Desde mi experiencia subjetiva podría decir que percibir potencialidades me lleva al mundo de lo sutil, a la fuerza y multiplicidad de todas las posibilidades; mientras que escuchar con compromiso me traslada al devenir de todos los sonidos, movimientos, sensaciones y emociones que van generándose momento a momento.

Dentro de este recorrido tiene mucho sentido entonces la interconexión entre afirmar-expandir el potencial y la escucha comprometida. Este último acto es indispensable para poder dar forma a todo lo que es posible, para elegir, si cabe esa palabra, la potencialidad que se va a desarrollar o a seguir.

Pero la dinámica debe llevar, naturalmente, a procesar en el presente (que es la cuarta Maestría), para darle todavía un contexto más sólido a la dinámica en evolución. Sobre ello ahondaré en la siguiente entrega.

Por lo pronto, quiero quedarme conectado con la escucha, que me exigió suspender cualquier argumento o juicio interno, para poder abrir progresivamente mi percepción a lo que es, a lo que voy recibiendo en ese ámbito limítrofe que es la atención dirigida. En este ejercicio se hace claro que lo que hay adentro y lo que hay afuera está interconectado, en una interacción constante de la cual emergen o en la cual se reflejan las experiencias.

De pronto cada cosa, fenómeno, presencia, incluso las más sutiles, comenzaron a manifestarse con mayor claridad. Los flujos de las relaciones, de los momentos a lo largo del día, cobraron nuevos sentidos y me sentí, curiosamente, más partícipe y co-creador de mi propia experiencia cotidiana.

Con la escucha se abren nuevas dimensiones. Hay una cualidad especial allí, una especie de espera atenta, de la cual emergen otras capacidades, quizás insospechadas. Quizás esto ocurre porque al escuchar necesito dejar de hablar o de prepara mis respuestas, lo que me coloca en una posición vulnerable y de apertura; ello me obliga a conectar con otros recursos y a desarrollar habilidades que había dejado a un lado.

En ese proceso hay un elemento adicional que se ha hecho radicalmente importante: la escucha comprometida me permite ingresar y sumergirme en la perspectiva del otro. Ese otro que no soy yo, que tiene sus particulares perspectivas y vivencias, se abre a través de mi silencio y yo puedo asumir su posición y comprenderle. Se trata de un acto de compasión y conexión profunda en la cual puedo ser aquel que está delante de mí sin dejar de ser yo.

Entiendo que este es el acto transformador del comunicarnos, de donde provienen las posibilidades de cambio del coaching. La escucha ancla las posibilidades en el ámbito intermedio entre el uno y el otro, para que ellas emerjan con su propia fuerza; para ello, el silencio que existe en la escucha debe ser sostenido significativamente, operación a la cual no estamos habituados.

Encontré en el ejercicio una espera y un ritmo más pausado, que no me empuja a buscar soluciones a determinada situación, o a resolver de inmediato una tensión reconocida. Por el contrario, la escucha comprometida me lleva a conectarme más profundamente, percibir con todos mis instrumentos, reconocer la situación en toda su extensión. Sólo así se produce una conexión genuina de la cual la acción resultante será inevitable.

Refinar la escucha, fortalecerla, requiere de valor y paciencia, de fuerza interna y disciplina, para permitir el reconocimiento de otros recursos que aguardan más hondo dentro de nosotros y en las situaciones que atravesamos.

Coaching

Una relación de confianza


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La confianza es un bien especialmente valioso, esencial para todas las relaciones que tenemos en nuestra vida, especialmente las más cercanas. Tiene asociado un elemento de vulnerabilidad que se manifiesta como liberación de defensas y armaduras pesadas que, en ocasiones, nos distancian de nuestra expresión más genuina.

Durante este año (2020), he tenido el privilegio de acompañar, en procesos de apoyo y contención emocional, a muchas personas que están enfrentando situaciones sumamente desafiantes, producto de los cambios y las exigencias impuestas por la crisis de la COVID-19. En esta dinámica, los aprendizajes han sido múltiples y valiosos, también los retos constantes para crear un espacio de confianza adecuado.

Entre las herramientas y los marcos técnicos que me han sido de utilidad en el proceso, están las 9 Maestrías de la International Association of Coaching – IAC. Hoy inicio una revisión subjetiva sobre sus planteamientos, abordando de manera intuitiva, y reflexionando sobre mi vivencia, la primera de ellas: establecer y mantener una relación de confianza.

Las resonancias que tiene este planteamiento inicial son muy relevantes y en un abordaje rápido resaltan la noción de confianza. Sin este elemento, difícilmente hay contacto genuino y movimiento. Confiar implica reconocer aquello que no está bajo nuestro control, para ceder espacios que permitan que las cosas (los aprendizajes, las transformaciones) ocurran.

No es un proceso necesariamente sencillo, porque hay una fina línea en momentos de crisis que diferencia entre una confianza ciega que lleva a la inacción y otra que impulsa a la reflexión y a la acción. En una relación de apoyo, acompañamiento, facilitación o coaching, la confianza se percibe primero desde adentro, porque reafirma la capacidad de los actores involucrados en una situación determinada para abordar el conflicto o desafío, buscando alternativas para enfrentarlo, resolverlo o transitarlo.

Generalmente se asocia este aspecto de la confianza con reconocer que siempre es posible crecer, cambiar, desarrollar nuevas visiones, en una dinámica que puede sorprender y está llena de posibilidades. En mi experiencia, también está asociada a la conexión emocional y el conocimiento intuitivo, que nos apoyan en el tránsito de territorios desconocidos.

Allí encontramos otro elemento esencial: el que se refiere a la relación. Si lo abordamos específicamente en la interacción entre el coach y el coachee, se refiere entonces al vínculo que se genera dentro del proceso como la base para la transformación que ambos actores experimentan. Es una conexión de interdependencia que fortalece la autonomía de cada uno.

Si lo trasladamos a todas nuestras relaciones, notaremos que la confianza es algo emergente que no le pertenece a ninguna de las partes pero que los involucra a todos. La confianza no se controla, no se demanda, sino que requiere apertura y escucha, un reconocimiento de las particulares cosmovisiones de los otros.

Cuando nos enfocamos en la relación se hace imposible dejar de reconocer que allí donde surge la confianza también aguardan las contradicciones: la duda, la suspicacia, la inevitable aparición de las oscuridades e incertidumbres de toda persona y todo vínculo.

El andar por los territorios a veces sombríos del autodescubrimiento, requiere del valor y la confianza de reconocer temores, rabias, frustraciones y soledades. La relación y el estado de confianza dependen de las vivencias interiores de cada persona y su capacidad para, aun cuando se comentan errores o emerja la negatividad, mantener un estado de conciencia abierto y de reconocimiento de las propias heridas y limitaciones.

Una relación de confianza se sostiene por el compromiso implícito (o explícito) de crecer juntos, por el esfuerzo sostenido de no herirnos a nosotros o a los otros. Aceptación, apertura, flexibilidad, son base para una relación de confianza que abra el espacio para transformaciones genuinas. Constituye, además, una red de seguridad para momentos de crisis profunda.

Visto así, establecer y mantener una relación de confianza constituye un desafío cotidiano, en el cual cada acto suma al conjunto de percepciones que fortalecen o debilitan el vínculo, siendo este también un reflejo interior de los involucrados, de sus anhelos, visiones y juicios. La complejidad sólo se soporta por la certeza del compromiso ético y el esfuerzo honesto por mantener la interacción enfocada en la superación de la crisis, el bienestar y el desarrollo.