Comunicación

Psicodrama

La necesidad de ser escuchados


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Ya son 30 años de trabajo con grupos y comunidades, asistiendo al privilegio de escuchar historias, de compartir experiencias y sobre todo de trabajar para transformar las narrativas de las personas y los colectivos, apostando por la comprensión, la reconciliación y la convivencia pacífica.

El proceso creativo es fundamental porque, algunas veces, puede pasar que en la comunidad ya no se crea en la posibilidad de algo diferente. Tan sobrepasados por los problemas cotidianos, podemos llegar a la certeza de que no hay cambio posible, y la vida se detiene sin la posibilidad de transformación.

Recientemente he vuelto a pasar por una vivencia exigente e intensa de trabajo con grupos, para abordar aquello que nos separa; específicamente: la xenofobia, ese rechazo a la persona extranjera que surge del miedo a lo diferente, del temor a ser afectado por aquello que desconozco.

Ha sido claro, en primer lugar, el entrecruzamiento de la xenofobia con otras formas de discriminación y violencia: el racismo, el clasismo, la violencia basada en género; todo ello se mueve en un complejo de oscuridades que necesita reflexión y sensibilidad. No podemos vivir mejor si estamos divididos y la confrontación con el otro allá afuera es un reflejo de la división interior.

En segundo lugar, ha resaltado en toda la experiencia la necesidad de ser reconocidos y escuchados, de mirarnos y asumir que cada vivencia y expresión es digna de ser considerada y, en cierto sentido, validada. En el trabajo dentro de comunidades estigmatizadas, se desubre un profundo sentido de humanidad y un llamado constante a espacios donde se pueda compartir el propio relato, donde el dolor tiene cabida como una puerta de entrada hacia otra vida posible.

La escucha es la base del encuentro y logra que la persona se abra, no solamente a compartir su relato (en este caso asociado a discriminación, rechazo, desencuentro y hasta violencia) sino a descubrir que está acompañada y que tiene posibilidades para hacer algo diferente, para cambiar las cosas en su entorno inmediato e incluso influir más allá.

Es sorprendente descubrir como el acto de comunicación más básico, que tiene como centro la escucha comprometida, ya produce el fortalecimiento de las propias capacidades. A partir de ello es posible descubrir y crear nuevas narrativas, las que van hacia la colaboración y el respeto.

Con la aplicación de técnicas psicodramáticas y procesos de pedagogía de la comunicación, se producen aprendizajes anclados en la experiencia concreta. Esto lo conduce el grupo participante, porque quienes facilitamos estamos al servicio de sus prioridades, sus ritmos y sus saberes. No se impone la agenda externa, se reconocen las necesidades presentes, para que sean esas otras voces genuinas las que guían las reflexión y sus resultados.

Es importante no subertimar la fuerza de este proceso, que lleva a mirar más profundo para superar separaciones, para reconocer lo humano en cada una de las personas involucradas. Esto es lo que permite el surgimiento del saber, en el movimiento desde las dimensiones individuales a las comunitarias. Este es el relato que hay que reconstruir, el de la valoración de las propias cualidades y la regeneración del contexto, donde ese otro diferente viene a ser un aliado, un compañero de viaje.

Recordemos siempre que el punto de partida es la escucha. Todos necesitamos ser escuchados.

Coaching, Psicodrama

Expresar


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Volvemos al recorrido por las 9 Maestrías de la International Association of Coaching, esta vez para compartir ideas y reflexiones relacionadas con expresar.

Ya antes he hablado de procesar en el presente; escuchar con compromiso; percibir, afirmar y expandir el potencial del cliente; y establecer y mantener una relación de confianza. En la medida en que nos vamos adentrando en el entramado que constituyen las Maestrías de la IAC, podemos percibir la fuerte conexión que existe entre cada una de ellas y cómo en su conjunto dibujan la constelación de la práctica del coaching.

Sobre expresar, lo primero que quiero decir es que el compartir de la visión del coach dentro de una sesión, siempre ocurre para el cliente, en función de sus ritmos y propuestas, preocupaciones y búsquedas. Esto puede constituir un gran desafío, dado que no se trata de un acto de demostración de conocimiento o sabiduría, sino de una interacción que expande o profundiza el asunto que está presente y la comprensión que se puede lograr sobre el mismo.

Además, la maestría de expresar es posible únicamente en el momento del proceso en el cual el cliente posee la suficiente confianza y fuerza para responder a lo que el coach le propone, incluso contradecir sus ideas y percepciones, en una dinámica donde es siempre este cliente quien tiene el rol de protagonista.

Por otra parte, veo esta práctica como una forma de elaborar comprensión y conocimiento, de transitar por los espacios internos y reflejar en el mundo concreto aquello que se está produciendo en el territorio íntimo. No hay expresión sin conexión emocional e imaginativa, sin contacto vital entre los seres humanos que están imbricados en la dinámica del diálogo movilizador. De alguna forma, esta línea de acción que es el expresar configura la idea del coaching como escuela de pensamiento, como generadora de filosofía.

Es posible reconocer el movimiento en distintos niveles: uno práctico, de abordaje de una situación, conflicto, tensión, que se trae a la sesión; otro simbólico que permite acceder a experiencias del pasado, proyecciones hacia el futuro (incierto y movible), o reconocer los aprendizajes del presente. En este último ámbito, se incluye el reconocimiento de aspectos personales que necesitan ser vistos y, de cierto modo, sostenidos o integrados.

Pienso como paralelismo, por ejemplo, en el compartir que se produce como etapa final de una sesión de psicodrama. En ella, la clave es la expresión de las resonancias que han tenido las escenas desplegadas por el o la protagonista durante la escenificación, evitando el análisis de la situación o el brindar consejos o recomendaciones, para poner todo el foco en lo que se ha sentido o experimentado, ya sea en la ejecución de un rol o como audiencia.

Una primera fase de esta maestría de expresión puede ser vista, entonces, como un compartir, por parte del coach, de las resonancias y percepciones que se generan en él o ella a partir de lo que expone su cliente. No para tomar el protagonismo o demostrar sus capacidades, sino para acompañar en el proceso de mirar y reconocer; así ocurre una expansión de la conciencia en ambas partes.

Quizás en un proceso más largo y en la dinámica de interacción sostenida entre coach y cliente, se pueda producir más tarde una experiencia similar a la que se produce en el rol del doble en psicodrama. El doblaje, como técnica psicodramática, requiere de esa doble conexión: lo que pasa con la persona que dobla y lo que está moviéndose dentro del protagonista, siendo esto último lo que marca la pauta a seguir.

Así podemos ver las múltiples posibilidades de la maestría expresar, que emerge en la relación de las dos personas vinculadas durante las sesiones de apoyo. Concretamente hemos visto:

  • La expresión siempre está en función y se produce para el cliente.
  • Es un proceso de elaboración y comprensión de múltiples elementos, desde lo práctico y hasta lo simbólico.
  • Incluye lo que el coach puede percibir y sentir (lo que le toca internamente), y a veces incluso aquello que el cliente no dice.

Cuando llevamos esta maestría a la vida cotidiana, para retomar la dinámica en la cual las experimento una a una en mis interacciones y experiencias, es inevitable que venga acompañada del silencio. La expresión sólo puede surgir del silencio, de la escucha, de la espera; es un estado de receptividad donde la palabra aparece cuando es necesaria.

Expresión y silencio son inseparables. La primera produce realidades, la segunda abre pasadizos hacia ámbitos profundos y desconocidos; juntas facilitan transformaciones.

En mi experiencia, encontrar mi propia expresión es el desafío mayor y también la tarea ineludible que me corresponde en vida. Tal vez de eso se tratan los procesos de apoyo y acompañamiento a otros, de que cada una y cada uno encontremos nuestro propio camino y empecemos a expresarnos de forma genuina, creativa y espontánea.

Coaching

Una relación de confianza


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La confianza es un bien especialmente valioso, esencial para todas las relaciones que tenemos en nuestra vida, especialmente las más cercanas. Tiene asociado un elemento de vulnerabilidad que se manifiesta como liberación de defensas y armaduras pesadas que, en ocasiones, nos distancian de nuestra expresión más genuina.

Durante este año (2020), he tenido el privilegio de acompañar, en procesos de apoyo y contención emocional, a muchas personas que están enfrentando situaciones sumamente desafiantes, producto de los cambios y las exigencias impuestas por la crisis de la COVID-19. En esta dinámica, los aprendizajes han sido múltiples y valiosos, también los retos constantes para crear un espacio de confianza adecuado.

Entre las herramientas y los marcos técnicos que me han sido de utilidad en el proceso, están las 9 Maestrías de la International Association of Coaching – IAC. Hoy inicio una revisión subjetiva sobre sus planteamientos, abordando de manera intuitiva, y reflexionando sobre mi vivencia, la primera de ellas: establecer y mantener una relación de confianza.

Las resonancias que tiene este planteamiento inicial son muy relevantes y en un abordaje rápido resaltan la noción de confianza. Sin este elemento, difícilmente hay contacto genuino y movimiento. Confiar implica reconocer aquello que no está bajo nuestro control, para ceder espacios que permitan que las cosas (los aprendizajes, las transformaciones) ocurran.

No es un proceso necesariamente sencillo, porque hay una fina línea en momentos de crisis que diferencia entre una confianza ciega que lleva a la inacción y otra que impulsa a la reflexión y a la acción. En una relación de apoyo, acompañamiento, facilitación o coaching, la confianza se percibe primero desde adentro, porque reafirma la capacidad de los actores involucrados en una situación determinada para abordar el conflicto o desafío, buscando alternativas para enfrentarlo, resolverlo o transitarlo.

Generalmente se asocia este aspecto de la confianza con reconocer que siempre es posible crecer, cambiar, desarrollar nuevas visiones, en una dinámica que puede sorprender y está llena de posibilidades. En mi experiencia, también está asociada a la conexión emocional y el conocimiento intuitivo, que nos apoyan en el tránsito de territorios desconocidos.

Allí encontramos otro elemento esencial: el que se refiere a la relación. Si lo abordamos específicamente en la interacción entre el coach y el coachee, se refiere entonces al vínculo que se genera dentro del proceso como la base para la transformación que ambos actores experimentan. Es una conexión de interdependencia que fortalece la autonomía de cada uno.

Si lo trasladamos a todas nuestras relaciones, notaremos que la confianza es algo emergente que no le pertenece a ninguna de las partes pero que los involucra a todos. La confianza no se controla, no se demanda, sino que requiere apertura y escucha, un reconocimiento de las particulares cosmovisiones de los otros.

Cuando nos enfocamos en la relación se hace imposible dejar de reconocer que allí donde surge la confianza también aguardan las contradicciones: la duda, la suspicacia, la inevitable aparición de las oscuridades e incertidumbres de toda persona y todo vínculo.

El andar por los territorios a veces sombríos del autodescubrimiento, requiere del valor y la confianza de reconocer temores, rabias, frustraciones y soledades. La relación y el estado de confianza dependen de las vivencias interiores de cada persona y su capacidad para, aun cuando se comentan errores o emerja la negatividad, mantener un estado de conciencia abierto y de reconocimiento de las propias heridas y limitaciones.

Una relación de confianza se sostiene por el compromiso implícito (o explícito) de crecer juntos, por el esfuerzo sostenido de no herirnos a nosotros o a los otros. Aceptación, apertura, flexibilidad, son base para una relación de confianza que abra el espacio para transformaciones genuinas. Constituye, además, una red de seguridad para momentos de crisis profunda.

Visto así, establecer y mantener una relación de confianza constituye un desafío cotidiano, en el cual cada acto suma al conjunto de percepciones que fortalecen o debilitan el vínculo, siendo este también un reflejo interior de los involucrados, de sus anhelos, visiones y juicios. La complejidad sólo se soporta por la certeza del compromiso ético y el esfuerzo honesto por mantener la interacción enfocada en la superación de la crisis, el bienestar y el desarrollo.

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Expresión auténtica para la paz


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Hay una relación estrecha entre la capacidad de comunicación y el entendimiento entre las personas. Si un conjunto de individuos aprende a escuchar con atención y expresar sus necesidades e inquietudes, hay muy altas posibilidades de que mejore su relación y su convivencia sea pacífica. De modo que la relación entre una buena comunicación y la paz parece ser evidente.

Otro asunto relevante es la identidad, aquello que somos, la forma en que nos percibimos y nos presentamos al mundo. Poder manifestar libremente esa identidad, sintiéndonos seguros, es otro elemento fundamental para la paz. Esta pieza completa la ecuación: una expresión auténtica abre la posibilidad de una conexión más completa entre las personas, mayor entendimiento. Esto solamente es posible si todos tenemos la misma capacidad y libertad de expresarnos tal y como somos, o tal y como queremos hacerlo.

Es cierto que existen obstáculos externos para una expresión auténtica, o que ciertos modos expresivos pueden ser señalados, discriminados o rechazados. Sin embargo, en estas líneas quiero referirme a las barreras o tensiones internas que merman la autenticidad y como ello va afectando nuestra capacidad expresiva, de comunicación, en otras palabras de contacto con los demás.

Es posible que generemos juicios sobre la persona que somos y nuestra forma de expresión. Quizás a muchos nos ha pasado vernos en un video o una fotografía y sentir desagrado por nuestra imagen, o rechazar el tono de voz que percibimos cuando nos escuchamos en una grabación, incluso podríamos juzgar nuestro aspecto físico frente al espejo. También es posible que identifiquemos un aspecto personal que nos desagrada, de modo que en nuestra vida cotidiana hacemos grandes esfuerzos por ocultarlo o disimularlo, teniendo como resultado una forma de comunicación forzada y poco natural, que genera desconfianza en los otros.

Por más pequeño que sea el bloqueo interno, se produce un nivel de tensión que afecta nuestra fluidez y naturalidad, que deforma nuestra espontaneidad y disminuye el impacto que podemos tener con nuestras expresiones. Algunos más, otros menos, todos podemos reconocernos en esta forma de funcionamiento y compartimos por igual el desafío de abrirnos y ser auténticos.

Así como la libertad y el espacio para una expresión auténtica conduce a la armonía y la paz, una expresión cargada de tensiones y forzada lleva al conflicto y la violencia. Por ello se hace fundamental comprender este mecanismo y atenderlo en nosotros mismos, hacernos responsables por los juicios que estamos emitiendo y desarrollar la confianza suficiente para comunicarnos de forma genuina y flexible.

Esto puede hacerse en un nivel concreto y con aplicación práctica, abordando la imagen que tenemos de nosotros mismos y permitiéndonos expresar eso que somos en los distintos roles que jugamos en la cotidianidad. Siendo padres o madres, profesionales de un área, parejas, hijos, hermanos, expertos en un campo del conocimiento, practicantes de algún oficio, todos tenemos múltiples espacios y maneras de comunicarnos, en función de un papel determinado, un contexto y una circunstancia. Una primera revisión puede desarrollarse identificando aquellos espacios en los que me siento más cómodo, en los que creo ser más auténtico; en igual medida aquellos en los que no me siento natural o relajado, los que menos se parecen a mí.

De este modo puedo fortalecer aquellos roles que siento me dan más libertad, así como aprender de aquellos en los que me siento tenso o forzado al flexibilizar mis formas expresivas. En cada parte del proceso, la adaptabilidad y la apertura son fundamentales.

La paz empieza en nosotros mismos; la autenticidad es una decisión personal, también una señal de respeto a quienes somos, a lo que es nuestra identidad. Una forma de crear espacios más armónicos y crear encuentro real, es siendo más auténticos, es permitiéndonos manifestar quienes realmente somos, para que los otros sientan la misma confianza y se sumen desde sus propios espacios a un encuentro genuino.

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Comunicar: dar sentido y cooperar


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El asunto de definir, descubrir o encontrar un propósito u objetivo mayor para impulsar nuestras habilidades de comunicación, no es algo menor o tangencial, por el contrario se trata de un elemento esencial, el núcleo mismo del acto de comunicación.

Enfocados en la técnica, en los avances tecnológicos, en las inmensas posibilidades que ofrece el aprendizaje en el manejo del discurso y la comunicación no verbal, nos hemos olvidado de lo esencial: la razón por la cual nos comunicamos. Al pasar del tiempo la motivación de la supervivencia ha ido quedando atrás, de modo que en la actualidad podemos interactuar en una ausencia total de sentido, sin requerir mayor cooperación, incluso en ausencia de cualquier interlocutor porque podemos mirarnos a través del espejo que son las redes sociales, en un juego narcisista que tiende a eternizarse.

Sin propósito no hay intención consciente, sin lo cual el encuentro humano se vacía de sentido, se hace vacuo e inútil, cayendo los significados en el territorio de multiplicidad de interpretaciones: sin fondo, la forma no se sostiene y puede mutar para complacer las más diversas visiones en su afán de vender y aumentar el número de seguidores y “likes”.

Pero si queremos mejorar nuestra capacidad expresiva, si deseamos aumentar el impacto de nuestros actos de comunicación, aumentar los niveles de cooperación en los ámbitos personal y profesional, es necesario emprender un nuevo recorrido cuyo elemento central es la conexión con un propósito mayor, a partir de lo cual es posible una mejor conexión con la propia identidad y la dirección que toman nuestras interacciones.

El proceso pasa por al menos estos tres elementos:

(1) Dar sentido: incluso si no se logra una respuesta concreta y definitiva, el ejercicio de plantearse preguntas al respecto de manera constante es fundamental. ¿Por qué estamos aquí, en esta vida y circunstancia, en este territorio y con estas personas? ¿Qué hemos venido a hacer o aportar? ¿Cuál es la visión que tenemos hoy de nuestra existencia?

(2) Identificar el rol: ¿Cómo se manifiestan las ideas que tenemos sobre el papel que tenemos en el entorno donde nos desenvolvemos? Visualizar el lugar que ocupamos y el aporte que hacemos en ese ámbito. Como padres, hermanos, hijos; como trabajadores, empleados, obreros, responsables de atención al cliente, gerentes, directivos consultores.

(3) Conectar la propia expresión: A partir de los elementos anteriores podremos comprender mejor el camino para el desarrollo de una técnica. El trabajo sobre la voz, sobre la intención, el ritmo, la estructuración del discurso, entre muchos otros elementos, cobra su real espacio de relevancia cuando existe una inquietud base, un sentido de lo que hacemos y las razones que nos movilizan a comunicarnos para alcanzar mejores niveles de cooperación.

Estamos excesivamente ocupados en los efectos, en los resultados en términos de un éxito momentáneo y superficial. Parece que olvidamos que toda técnica requiere una ética que la sostenga y le permita desarrollarse. En el tiempo de la fama transitoria que permiten los medios y las redes sociales, nos enfocamos únicamente en “demostrar” facultades que no se sostienen en verdaderos resultados, la efectividad se vuelve así un engaño del cual todos somos cómplices.

Al pensar en la dinámica de la comunicación en los ámbitos de la vida privada y pública, en los niveles de credibilidad de las instituciones del Estado, en el papel de la publicidad en la configuración de nuestra percepción del mundo, nos percatamos de la importancia que tiene el desarrollo de este tipo de reflexión en individuos, grupos y comunidades.

Comunicarnos mejor pasa por trascender la inmediatez del aplauso para buscar la perdurabilidad de una visión compartida, la creación de una ruta sólida para fortalecer capital social. Todos somos líderes en nuestro ámbito y podemos ejercer influencia en este camino.

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El propósito es servir


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Una y otra vez confirmo la importancia del propósito. No se trata de un lujo que pueden darse unos pocos, tampoco de una posibilidad que solo tienen los grandes líderes, o una obligación de quienes ocupan altos cargos o posiciones de gran influencia. Descubrir o decidir un propósito es una necesidad creciente, que concierne a todas las personas.

El mundo está cambiando, las relaciones humanas redefiniéndose, el medio ambiente muestra señales de transformación, el cambio climático es una realidad, países enteros persisten en conflicto, profundas desigualdades de acceso a educación y salud se profundizan; todo esto es parte de la experiencia que compartimos en el tiempo actual.

No podemos vivir de espaldas a esa realidad, considerando que podemos protegernos en una minúscula burbuja de bienestar, tomando decisiones pensando solamente en nuestros propios intereses y en lograr los mejores beneficios en el corto plazo. Tampoco la educación universitaria puede sostenerse si funciona específica y casi exclusivamente para preparar perfiles que respondan a los requerimientos inmediatos de la industria o el comercio.

Es necesario abrir las posibilidades de reflexión y en todos los ámbitos impulsar la conexión con un propósito. Eso implica mirar en el más largo plazo, considerar e incluir en nuestra perspectiva a las generaciones futuras, y establecernos metas que incluyan el aporte que queremos hacer a nuestro entorno, alcanzando al círculo más amplio que nos sea posible.

Comprender que nuestra vida es para el desarrollo de posibilidades (talentos, habilidades) en función de aportarlas y entregarlas en un proceso de mejora compartida, de apoyo a los demás, de creación de bienes y servicios que perduren más allá de nuestra existencia y otorguen valor a todo aquello con lo que nos involucramos. De esto se trata encontrar un propósito.

Todos tenemos capacidad de influencia en nuestro ambiente, no importa el espacio que ocupemos, el trabajo que desarrollemos o el nivel que tengamos en una jerarquía corporativa. Cada uno de nosotros posee la fuerza individual de producir valor y en nuestras acciones mejorar todo aquello con lo que estemos involucrados.

El propósito permite sostener la individualidad y aportar a lo colectivo, ofrece dirección a la existencia y facilita mejores procesos de comunicación, porque requerimos altos niveles de coordinación para aumentar el impacto de nuestras acciones.

Hay mucho escrito sobre lo que implica definir o descubrir un propósito personal -hay algunos que piensan que hay que crearlo, otros que ya existe en nuestro interior y sólo debemos permitirle emerger-, también es fácil encontrar distintas definiciones del mismo.

Una de las más difundidas coloca al propósito en el centro de una matriz que conecta nuestras misión, vocación, pasión y profesión; de modo que el propósito es un concepto o imagen que permite articular distintos ámbitos de nuestra experiencia subjetiva.

Aunque comparto esta visión, el énfasis lo colocaría en la actualidad en un elemento que a veces se pasa por alto: el del servicio. Encontrar un propósito personal no es un ejercicio intelectual; es una acción, es una experiencia integradora. Una vía segura para conectarnos con esa noción esencial es brindar servicio: dar, entregar, ofrecer lo mejor de nosotros en las más pequeñas acciones cotidianas.

De modo que si tuviera que indicar un camino para plantearlo y manifestarlo, sería ese: ponernos en acción en algún proyecto de servicio, dar de manera consciente a otros. Esto no como algo excepcional, sino como parte integral de nuestra labor, oficio o trabajo.

Finalmente, quiero insistir en la relevancia de incluir esta línea de reflexión en los espacios de educación y aprendizaje. Plantearnos un propósito es mucho más amplio y responde mejor a los retos del mundo actual que el preguntarnos por un oficio o profesión. Es indispensable invitar a jóvenes en las universidades a un cuestionamiento real y a preguntarse sobre aquello que desean aportar a sus familias y comunidades.

Independientemente del modo en que sirvamos en este mundo, el propósito nos guía siempre y nos impulsa al máximo nivel de desarrollo personal posible.

Si te interesa tener más información sobre este tema o avanzar en el proceso de experimentar tu propósito, escríbeme a contacto.ecreativa@gmail.com .

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Lo espiritual: sutil y potente conexión


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Hoy quisiera poder escribir sobre algo delicado y sutil, que es al mismo tiempo poderoso. Se trata de, casi no sé cómo clasificarlo, una dimensión o ámbito de nuestra vida que muchas veces descuidamos.

Lamentablemente estamos acostumbrados a concebirnos como seres separados o fragmentados: consideramos que nuestro pensamiento, emociones y sensaciones corporales son fenómenos autónomos, apenas vinculados unos con otros. Por eso afirmamos que nuestras emociones nos llevan a hacer cosas que no queremos hacer realmente, o que nuestro pensamiento nos traiciona.

Es cierto que, si insistimos en esa perspectiva y vivimos con esa creencia, al paso de los años eso es lo que obtenemos: una dispersa sinfonía de diversos impulsos y señales, que pocas veces llegan a armonizarse. Entonces subrayamos la separación y la división, esto lo proyectamos hacia fuera y así cultivamos una experiencia de soledad.

Desde mi perspectiva, el ingrediente que falta allí es la espiritualidad, esa consciencia que puede devolvernos la vivencia de la conexión y hace posible que estén alineados pensamiento, emoción y corporalidad. Lo espiritual es fundamental para comprender al unidad que somos, tanto como para aceptar el vínculo que existe entre todo lo que se moviliza en nuestro entorno.

Es quizás el ámbito espiritual el que muchas veces, en los tiempos que corren, sentimos más aislado o apartado. Le dedicamos el tiempo que sobra, como una actividad especial de los domingos, algo que no es del todo imprescindible y que por supuesto no tiene utilidad real.

Pero en realidad sin la dimensión espiritual estamos perdidos, lo que afecta todas nuestras interacciones. Sin la vivencia de ese aspecto de nuestra experiencia, no tendremos vínculos trascendentes ni desarrollaremos nuestro potencial de comunicación. Esto porque:

  • El pensamiento suele ser errático, varía de un objetivo al otro con mucha rapidez, se agota con cierta facilidad y puede vagar sin dirección a menos que tengamos un propósito. Si trabajamos sobre la espiritualidad, tendremos mejor enfoque mental.
  • Las emociones también son cambiantes, continuamente varían y nos sorprenden con frecuencia. La consciencia espiritual nos permite percibirlas sin que nos abrumen o nos hagan caer por pérdida de balance. Y si caemos, por una sacudida emocional fuerte, volveremos a levantarnos a través de la conexión con un propósito trascendente, o por la certeza de ser más que ese suceso y esas emociones.
  • El cuerpo es lo más tangible que tenemos, a través de él percibimos y nos relacionamos con el mundo que llamamos real. Todo nuestro sistema de sensaciones se amplifica cuando permitimos el nexo espiritual.

Podemos elegir negar lo espiritual, creer que no hay nada más que nuestro pensamiento como fuerza suprema. Entonces eso será lo que experimentaremos y será una verdad total para nosotros. 

Sin embargo, también podemos escoger asumir la espiritualidad cada día de nuestra existencia, integrarla a nuestra cotidianidad, cultivarla y percibir cómo esto cambia nuestra perspectiva de manera radical.

Entonces nuestra presencia se hará más fuerte y nuestras comunicaciones tendrán mayor impacto, los vínculos que generemos tendrán más sentido y potencia. Sólo a través de la espiritualidad alcanzaremos la posibilidad de viajar hacia el otro, o que ese otro se movilice hacia ese lugar donde armonizamos, que es el de la verdadera comunicación.

Una vez entendido esto, el desafío será encontrar modos de entrenar la espiritualidad, dándole el mismo valor y tiempo que le ofrecemos a la mente (estudio), a las emociones (relaciones) y al cuerpo (ejercicio físico).

Si quieres saber más sobre cómo trabajar integrar estos elementos, para darte sentido y dirección, y facilitar comunicaciones de mayor impacto y trascendencia, escríbeme para apoyarte a contacto.ecreativa@gmail.com .

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Comunicarse: cuestión de enfoque


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Mantener el enfoque es una de las claves más importantes para la expresión fluida y la comunicación con impacto.

Pensemos en las dificultades que experimentamos en nuestros procesos de comunicación: ¿Sientes miedo escénico en determinadas situaciones? ¿Tus dudas o tu introversión resta fuerza a tu expresión?  ¿Las emociones te abruman y superan en una conversación difícil? ¿Se te va el hilo de tus ideas? ¿Se te pierden las palabras adecuadas o precisas? Absolutamente todo esto tiene su base en la pérdida de enfoque, en cierta dispersión de la atención.

Por eso es tan relevante trabajar en nuestra concentración si queremos lograr interacciones más balanceadas y constructivas, con mejores resultados para todos los involucrados. Pensemos en las situaciones ya mencionadas:

  • Miedo escénico: la pregunta que debemos hacernos es ¿dónde estamos colocando nuestra atención? El temor a hablar en público generalmente viene acompañado -o producido- por imágenes recurrentes de aquello que puede salir mal, de los errores que podemos cometer frente a una audiencia determinada. Esto implica que estamos colocando la atención en algo que no nos apoya, que nos bloquea; de allí que un cambio en el enfoque es fundamental y generalmente calma los temores a la exposición.
  • Dudas e introversión: juzgar la introversión como algo negativo es realmente un malentendido. En realidad, si eres de las personas que se enfoca más en el interior, tienes un mundo de posibilidades para tu expresión, que provienen desde aquello que se mueve internamente. Esto implica un giro en el enfoque, para lograr utilizar los recursos subjetivos en una expresión que no exige, como a veces se cree, un despliegue de recursos gestuales o corporales, como quizás lo haría alguien extrovertido.
  • Emociones que abruman: al igual que con el miedo escénico, dejarse superar por el movimiento emocional es sostener un foco que no permite una expresión fluida y adecuada. En cierto modo es como si no dependiera de nosotros sino de la energía de las emociones, que por supuesto es impredecible, pero que debemos lograr encauzar. De allí que sea necesario apoyarse colocando la atención en un elemento más concreto y que podemos manejar a través de la voluntad consciente, por ejemplo en la postura corporal y en la respiración -no hay nada más concreto que esto-.
  • Ideas que se pierden: cuando pierdo el hilo de una presentación o exposición, o no encuentro la forma de compartir una idea en una conversación, hay un elemento de distracción presente, de cierta pérdida de conexión del propio ritmo y flujo del pensamiento. Pero con el manejo de la concentración, que funciona como un haz de luz que se dirige voluntariamente, es posible encontrar un espacio interior de calma donde “filtrar” los pensamientos y seguir con coherencia una temática, de inicio a fin.
  • Faltan las palabras: en la mayoría de las ocasiones logro identificar en esta situación un salto de la atención o el foco. Es posible que sea necesario trabajar sobre un mejor manejo del idioma o en ampliar el vocabulario, pero en general lo que ocurre es que estamos enfocados en una forma particular de articular palabras que puede no sernos natural. Por eso movilizar el enfoque para encontrar una aproximación más acorde con nuestra esencia facilita la superación de esta dificultad.

Como puede verse, el trabajo sobre la concentración y el enfoque es sumamente amplio y es el fundamento del desarrollo de las habilidades expresivas y la capacidad de comunicación.

Todavía hay un aspecto adicional en este asunto: sin capacidad para enfocar aspectos específicos, se hace imposible el avance o el aprendizaje. Es necesario poder mover el foco entre distintos aspectos: lo que experimento -sensaciones, emociones-; lo que se percibe desde afuera -mirado a través de una grabación o ejercicios frente al espejo, por ejemplo-; lo que pienso; la forma en que los demás reaccionan cuando me expreso; los niveles que se están manifestando en mi discurso -etapas del mismo, idea central y secundarias-; el lenguaje no verbal. Como podemos ver, se trata de un viaje en el cual mi atención debe alternar entre cada uno de estos elementos con gran rapidez, e incluso ocuparse de varios de ellos de manera simultánea.

Finalmente, es sumamente importante comprender que el enfoque no es únicamente una operación mental, sino una experiencia integral que sucede en todos los niveles de nuestra expresión.

Si quieres trabajar para alcanzar un mejor enfoque, podemos hacerlo juntos pues la atención se fortalece como un músculo, a través del entrenamiento dirigido, particularmente en la práctica de la expresión y la comunicación presencial. Puedes contactarme a través del correo aprendizaje@thekeycoaching.org