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Psicodrama

La necesidad de ser escuchados


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Ya son 30 años de trabajo con grupos y comunidades, asistiendo al privilegio de escuchar historias, de compartir experiencias y sobre todo de trabajar para transformar las narrativas de las personas y los colectivos, apostando por la comprensión, la reconciliación y la convivencia pacífica.

El proceso creativo es fundamental porque, algunas veces, puede pasar que en la comunidad ya no se crea en la posibilidad de algo diferente. Tan sobrepasados por los problemas cotidianos, podemos llegar a la certeza de que no hay cambio posible, y la vida se detiene sin la posibilidad de transformación.

Recientemente he vuelto a pasar por una vivencia exigente e intensa de trabajo con grupos, para abordar aquello que nos separa; específicamente: la xenofobia, ese rechazo a la persona extranjera que surge del miedo a lo diferente, del temor a ser afectado por aquello que desconozco.

Ha sido claro, en primer lugar, el entrecruzamiento de la xenofobia con otras formas de discriminación y violencia: el racismo, el clasismo, la violencia basada en género; todo ello se mueve en un complejo de oscuridades que necesita reflexión y sensibilidad. No podemos vivir mejor si estamos divididos y la confrontación con el otro allá afuera es un reflejo de la división interior.

En segundo lugar, ha resaltado en toda la experiencia la necesidad de ser reconocidos y escuchados, de mirarnos y asumir que cada vivencia y expresión es digna de ser considerada y, en cierto sentido, validada. En el trabajo dentro de comunidades estigmatizadas, se desubre un profundo sentido de humanidad y un llamado constante a espacios donde se pueda compartir el propio relato, donde el dolor tiene cabida como una puerta de entrada hacia otra vida posible.

La escucha es la base del encuentro y logra que la persona se abra, no solamente a compartir su relato (en este caso asociado a discriminación, rechazo, desencuentro y hasta violencia) sino a descubrir que está acompañada y que tiene posibilidades para hacer algo diferente, para cambiar las cosas en su entorno inmediato e incluso influir más allá.

Es sorprendente descubrir como el acto de comunicación más básico, que tiene como centro la escucha comprometida, ya produce el fortalecimiento de las propias capacidades. A partir de ello es posible descubrir y crear nuevas narrativas, las que van hacia la colaboración y el respeto.

Con la aplicación de técnicas psicodramáticas y procesos de pedagogía de la comunicación, se producen aprendizajes anclados en la experiencia concreta. Esto lo conduce el grupo participante, porque quienes facilitamos estamos al servicio de sus prioridades, sus ritmos y sus saberes. No se impone la agenda externa, se reconocen las necesidades presentes, para que sean esas otras voces genuinas las que guían las reflexión y sus resultados.

Es importante no subertimar la fuerza de este proceso, que lleva a mirar más profundo para superar separaciones, para reconocer lo humano en cada una de las personas involucradas. Esto es lo que permite el surgimiento del saber, en el movimiento desde las dimensiones individuales a las comunitarias. Este es el relato que hay que reconstruir, el de la valoración de las propias cualidades y la regeneración del contexto, donde ese otro diferente viene a ser un aliado, un compañero de viaje.

Recordemos siempre que el punto de partida es la escucha. Todos necesitamos ser escuchados.

Coaching

Escuchar con compromiso


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En este viaje de conexión y exploración por las Maestrías de la International Association of Coaching (IAC), hemos seguido un método sencillo: nos enfocamos en experimentar cada noción durante un período de 7 a 10 días, para percibir lo que emerge de ese enfoque.

Trabajé recientemente con la tercera maestría: escuchar con compromiso. La vivencia que he tenido ha sido sencilla y profunda, la de estar presente y mantenerme percibiendo los estímulos que provienen tanto del entorno como del mundo interior, sin responder a ello inicialmente, solamente recibiendo información.

Sumado al proceso que traía de percibir posibilidades, el flujo de mi atención se transformó hacia algo más concreto que, sin embargo, no dejó de multiplicarse continuamente. Desde mi experiencia subjetiva podría decir que percibir potencialidades me lleva al mundo de lo sutil, a la fuerza y multiplicidad de todas las posibilidades; mientras que escuchar con compromiso me traslada al devenir de todos los sonidos, movimientos, sensaciones y emociones que van generándose momento a momento.

Dentro de este recorrido tiene mucho sentido entonces la interconexión entre afirmar-expandir el potencial y la escucha comprometida. Este último acto es indispensable para poder dar forma a todo lo que es posible, para elegir, si cabe esa palabra, la potencialidad que se va a desarrollar o a seguir.

Pero la dinámica debe llevar, naturalmente, a procesar en el presente (que es la cuarta Maestría), para darle todavía un contexto más sólido a la dinámica en evolución. Sobre ello ahondaré en la siguiente entrega.

Por lo pronto, quiero quedarme conectado con la escucha, que me exigió suspender cualquier argumento o juicio interno, para poder abrir progresivamente mi percepción a lo que es, a lo que voy recibiendo en ese ámbito limítrofe que es la atención dirigida. En este ejercicio se hace claro que lo que hay adentro y lo que hay afuera está interconectado, en una interacción constante de la cual emergen o en la cual se reflejan las experiencias.

De pronto cada cosa, fenómeno, presencia, incluso las más sutiles, comenzaron a manifestarse con mayor claridad. Los flujos de las relaciones, de los momentos a lo largo del día, cobraron nuevos sentidos y me sentí, curiosamente, más partícipe y co-creador de mi propia experiencia cotidiana.

Con la escucha se abren nuevas dimensiones. Hay una cualidad especial allí, una especie de espera atenta, de la cual emergen otras capacidades, quizás insospechadas. Quizás esto ocurre porque al escuchar necesito dejar de hablar o de prepara mis respuestas, lo que me coloca en una posición vulnerable y de apertura; ello me obliga a conectar con otros recursos y a desarrollar habilidades que había dejado a un lado.

En ese proceso hay un elemento adicional que se ha hecho radicalmente importante: la escucha comprometida me permite ingresar y sumergirme en la perspectiva del otro. Ese otro que no soy yo, que tiene sus particulares perspectivas y vivencias, se abre a través de mi silencio y yo puedo asumir su posición y comprenderle. Se trata de un acto de compasión y conexión profunda en la cual puedo ser aquel que está delante de mí sin dejar de ser yo.

Entiendo que este es el acto transformador del comunicarnos, de donde provienen las posibilidades de cambio del coaching. La escucha ancla las posibilidades en el ámbito intermedio entre el uno y el otro, para que ellas emerjan con su propia fuerza; para ello, el silencio que existe en la escucha debe ser sostenido significativamente, operación a la cual no estamos habituados.

Encontré en el ejercicio una espera y un ritmo más pausado, que no me empuja a buscar soluciones a determinada situación, o a resolver de inmediato una tensión reconocida. Por el contrario, la escucha comprometida me lleva a conectarme más profundamente, percibir con todos mis instrumentos, reconocer la situación en toda su extensión. Sólo así se produce una conexión genuina de la cual la acción resultante será inevitable.

Refinar la escucha, fortalecerla, requiere de valor y paciencia, de fuerza interna y disciplina, para permitir el reconocimiento de otros recursos que aguardan más hondo dentro de nosotros y en las situaciones que atravesamos.

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Una invitación a escuchar


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No es cuestión sólo de efectividad, sino de humanidad, de lo que nos es esencial para sostener el mundo en que vivimos, que sea posible comprendernos y convivir, que progresivamente vayamos ganando más espacios para el respeto y la paz.

Se trata de ESCUCHAR, esa práctica que a veces parece tan perdida, aunque pasemos tanto tiempo en nuestros dispositivos “inteligentes” consumiendo información. Porque escuchar no es una operación exclusiva del pensamiento, sino que es un acto que nos implica por entero.

Escuchar genera conexión, se trata de ser capaces de recibir al otro y también de ir hacia ese con quien nos comunicamos. Abrirse a escuchar, percibir por entero, es un riesgo real que nos va a transformar en cada interacción, ampliando nuestras posibilidades de ser y hacer.

Nuestra supervivencia depende de la capacidad para escuchar, de modo que podamos responder adecuadamente a lo que sucede en el entorno, e incluso seamos capaces de armonizar en el contexto aquello que viene de nuestro interior: nuestras necesidades, emociones, ideas, propuestas, visiones, proyectos.

Nos hemos acostumbrados a creer que las metas se alcanzan a fuerza de voluntad y, si bien es cierto que se requiere disciplina y dedicación para convertirnos en maestros de cualquier arte u oficio, es importante reconocer la necesidad de sincronizar un conjunto de elementos que no dependen únicamente de nuestro libre albedrío y decisión, sino de múltiples factores que escapan a nuestro control consciente, y que se movilizan de formas sumamente sutiles.

Escuchar es entonces respetar los ritmos que oscilan entre lo particular y lo universal,  que se vinculan de forma tal que todo lo que requerimos para fluir entre los sucesos y las intenciones, es lograr conectarnos con nosotros mismos y eso que somos, también en constante evolución.

Reconocer además que la escucha es relativa y dinámica, siempre dependiente del lugar desde el cual recibimos la información o percibimos los elementos de una situación en la que interactuamos con otras personas. Eso nos alejará de “verdades absolutas” que no son otra cosa que rigidez.

Mantenernos abiertos, flexibles; ceder posición y experimentar la oportunidad de aprendizaje que eso representa; cooperar, mantener el foco en el resultado sin apegarnos; no defendernos ni forzar a otros a pensar como nosotros; permitirnos el error, reconocerlo y avanzar; cuidarnos y cuidar a los demás; todas son formas prácticas de escuchar, y en la medida en que más las integremos a nuestra cotidianidad, mayores niveles de percepción y conexión alcanzaremos.

Esta es mi invitación. Vamos a escuchar.

Si quieres más información, entrenar tu percepción o trabajar sobre tus habilidades de comunicación, comunícate conmigo o suscríbete.

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¡ESCUCHA! El necesario ejercicio de no juzgar


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De los ejercicios más importantes en los procesos de comunicación, está el escuchar. Practicar la escucha nos puede llevar a experiencias y aprendizajes profundos. Escuchar implica una posición de apertura, que podemos llevar al nivel que decidamos en función de nuestra visión y postura ante las cosas y las personas que nos rodean.

Recientemente me he propuesto llevar mi escucha a un nuevo nivel, intentando ser más consciente de los prejuicios que tengo al respecto de las personas. Ha sido un proceso desafiante y muy interesante, porque me he percatado, y estoy seguro no ser el primero en pasar por esto, que tengo más prejuicios de lo que creía.

Piensa por un momento en ello: hay personas que consideramos “menos”, de distinta manera, a veces de modos muy sutiles. Sé que nuestra primera reacción al plantear esto, la mía también la fue y todavía a veces me resisto, es decir “no, no, en mi caso no es así, yo he trabajado mucho y acepto a cualquier persona”. Pero lo cierto es que juzgamos de manera inmediata, sólo por el aspecto físico, o por la forma de hablar, entre otros elementos.

Incluso es una práctica natural conocer a alguien y luego revisar el conjunto de prejuicios que nos hemos hecho. Nos encontramos con alguien nuevo y más tarde estamos comentándole a alguien de confianza las cosas extrañas que dice o hace, y si nos ha caído mal por alguna razón entonces nos esforzamos por indicar lo que está fuera de lugar. Usamos muchos calificativos de manera muy alegre e irresponsable, por así decirlo.

Por supuesto el juzgar es inevitable, lo hacemos para procesar nuestras interacciones a mayor velocidad, ahorrar energía y poder ubicarnos ante los otros rápidamente, utilizando nuestras referencias del pasado. Entonces no se trata de eliminar el juicio (o prejuicio) sino de hacerlo consciente, saber que está allí y, lo que es más difícil, entender que eso no es la verdad, que puede estar equivocado (y la mayor parte del tiempo lo estará).

En realidad lo que hacemos la mayor parte del tiempo es lanzar nuestras proyecciones, nuestras ideas preconcebidas, a veces hasta nuestra “basura” sobre los otros. Lo que percibimos no son ellos, sino lo que nosotros creemos que son según nuestros estándares.

Este es el primer ejercicio que propongo, darme cuenta de que estoy equivocado, que coloco sobre las personas con quienes interactúo mis propias percepciones, que intervengo en niveles que producen a confusión, malos entendidos, porque en el fondo estoy intentando forzar a los demás a que vivan como yo creo que deben hacerlo, a que actúen ajustados a mis estándares, y les reclamo, sobre todo a los más cercanos, cuando esto no ocurre de esa manera.

¿Qué pasaría si recojo mi basura y la proceso dentro de mí en vez de lanzarla sobre los demás? ¿Con qué nos quedamos si juntamos nuestras proyecciones y las detenemos por un instante para intentar percibir lo que hay más allá?

No tengo respuestas para estas interrogantes, pero vale la pena intentarlo. Escuchar es un camino para el entendimiento, para la cooperación, para el fortalecimiento de nuestros vínculos como seres humanos.