Vivimos en una época que padece una embriaguez por la escala. Se nos exige crecer, expandirnos, ocupar cada vez más espacio, en una carrera sin límites. Pareciera que el valor de una vida o de un proyecto se mide únicamente por su capacidad de ser «grande», masivo, visible y ruidoso. Sin embargo, en esta lucha por la grandeza, que a menudo es ilusoria, corremos el riesgo de perder de vista lo sagrado en nosotros: la paz y estabilidad inherente al ser, sin las presiones de una expansión infinita.
En palabras del monje trapense, teólogo y místico Thomas Merton (1915-1968):
«No podemos alcanzar la grandeza a menos que perdamos todo interés en ser grandes. Porque nuestra propia idea de grandeza es ilusoria, y si le prestamos demasiada atención nos veremos atraídos fuera de la paz y la estabilidad del ser, y buscaremos vivir en un mito que hemos creado para nosotros mismos». (Nuevas Semillas de Contemplación, 1961).
Allí está expresada la paradoja que agrieta los cimientos de nuestra ambición moderna. El excesivo énfasis en lo externo, los insostenibles esfuerzos que hacemos para encajar en el mito del éxito que el colectivo ha creado y renueva constamente; esto genera un distanciamiento de nuestra voz única y nuestra guía interior. En el proceso de vivir en una escala que no nos corresponde, nos volvemos extraños para nosotros mismos.
La obsesión por lo externo se establece entonces como lo opuesto al proceso de transformación. El alquimista sabía que para que el material se transformara en oro, necesitaba el vas bene clausum: el recipiente bien sellado, el recipiente hermético donde el alma se destila. No se trata de un espacio infinito, sino de un contenedor pequeño, acotado y protegido, donde el calor puede concentrarse. La transformación no ocurre en la dispersión, sino en la contención. En lo pequeño, la energía no se pierde; se refina.
Es en esa «pequeñez», en ese núcleo, ese retorno a lo que somos sin las exageraciones y los adornos de la importancia personal, donde aparece ese Llamado Esencial (Key Calling). Ser pequeño no significa ser insignificante; significa estar concentrado. Significa tener la valentía de reducir el ruido externo para escuchar el movimiento único de nuestra propia esencia. Cuando aceptamos nuestra medida real, cuando dejamos de pretender ser el mapa completo para convertirnos en la brújula, todo lo que hacemos adquiere una dimensión diferente.
El compromiso con lo que es real en nuestro ámbito interior transforma el producto de nuestras acciones. Al final, la fuerza no reside en la escala masiva, sino en la autenticidad del gesto. Hay una grandeza inmensa en el acto de ser nosotros mismos, de habitar nuestro presente sin la presión de la posteridad. Al ser pequeños, nos permitimos ser permeables a la vida, facilitando que aquello que nos trasciende se exprese con libertad a través de nuestra verdadera y auténtica presencia.




