Insights, Metodología

El Escenario de la Innovación: Un Retorno a la Acción


Entre 1992 y 1995, siendo estudiante universitario, experimenté una profunda transformación personal y aprendí sobre la fuerza del teatro para impulsar cambios individuales y colectivos a través de la imaginación, la creatividad y la acción. Esta vivencia me llevó a constatar, de primera mano, el impacto que tiene la comunicación, el diálogo y el trabajo colaborativo para impulsar movimientos que resulten en un aumento de la resiliencia de las personas y las comunidades.

Esta profunda convicción me llevó a tomar el riesgo de irme de la ciudad, con 22 años, en un acto que inauguró más de una década de trabajo voluntario con jóvenes en comunidades rurales y urbanas con un limitado acceso a servicios y condiciones de vida desafiantes. Durante 1996, acompañé a jóvenes y adolescentes en la entrada a su proceso creativo, en la redefinición de su identidad y en la exploración de sus preocupaciones para desafiar al contexto a través de la acción escénica. El teatro se reveló como una herramienta de cambio individual y social.

Esto abrió un universo de posibilidades y constituyó para mí una oportunidad significativa de aprendizaje y crecimiento. Durante este período pude constatar el intenso interés de niñas y niños por aprender a leer para poder representar a sus personajes y comprender mejor los diálogos; presencié conversaciones difíciles practicadas de manera segura sobre el escenario, en la apuesta de adolescentes y jóvenes por ser escuchados y transformar sus entornos; vi comunidades enteras darse cita en la plaza central del pueblo para presenciar historias que abrían nuevas posibilidades.

Así fue como se constituyó en mi perspectiva este laboratorio teatral. Aunque estas comunidades tenían en aquellos tiempos muy limitado acceso a cualquier medio de comunicación o tecnología, utilizaron el escenario para explorar (representar, dramatizar) sus realidades e inquietudes, para ensayar soluciones e innovar, fortaleciendo así la resiliencia colectiva. Pude constatar con claridad la idea de que las transformaciones, trátese de una comunidad o de una organización, requieren de procesos de innovación que impliquen a las personas en todas sus dimensiones, yendo más allá del entendimiento intelectual para entrar en la acción creativa con compromiso.

Desde esa iniciación en el teatro universitario y en escenarios comunitarios, mi camino me ha llevado a completar décadas de trabajo estratégico en Comunicación para el Desarrollo (C4D) y en Cambio Social y del Comportamiento (SBC). Aquel descubrimiento y los valores asociados se mantienen intactos.

En los 12 años más recientes, he tenido la oportunidad de expandir este abordaje, no sin sus desafíos, a través del trabajo en organismos internacionales con presencia en América Latina y el Caribe. Esto me ha permitido confirmar que los sistemas más complejos requieren liderazgos y personas conscientes, encarnando sus propias misiones como fundamento para la acción.

Mi reflexión actual me lleva a confirmar la necesidad de integrar los abordajes técnicos con los procesos imaginativos y creativos que establecen un compromiso completo en las personas y les habilitan para transformar su propia realidad. Por otro lado, incluso en el rol del experto o especialista técnico, se requiere el respiro de reconectar con la intención personal y la particular necesidad creativa, lo que constituye el fundamento de un liderazgo de mayor impacto. Como señala el Informe sobre Desarrollo (2015) del Banco Mundial, los modeos mentales y las normas sociales dictan nuestras decisiones mucho más que la lógica pura; por ello, el liderazgo requiere reconectar con esos marcos internos antes de intentar transformar los externos.

En este recorrido, no son pocas las oportunidades en que he sentido, en mí y en otros, la carga asociada a la “máscara del experto”, lo que en ocasiones puede limitar un abordaje y una acción de mayor impacto transformador frente a un desafío social. Todo proceso de transformación que intentamos impulsar afuera trae consigo el desafío de nuevas perspectivas y acciones significativas desde adentro. Es de esta reflexión que surge la propuesta de integrar las dimensiones individuales y sistémicas del cambio, la intención de incorporar al diseño del comportamiento la potencial vivencial del Psicodrama (no solamente como conjunto de herramientas sino como marco filosófico y técnico) y de los procesos imaginativos y creativos de la Arteterapia Analítica.

La complejidad de esta operación surge al plantearnos que todos los códigos construidos social e institucionalmente son imaginarios, constituyendo un entorno habitado por personas que juegan determinados roles y articulan un lenguaje, lo que necesariamente necesita el entendimiento lógico y el análisis riguroso, pero sobre todo el ensayo y la exploración activa de la innovación. Diversos estudios sobre Cambio Social y de Comportamiento (SBC) confirman que el aprendizaje basado en la experiencia y la «práctica deliberada» son los motores más efectivos para desplazar normas sociales arraigadas.

Hoy entiendo que no existe una frontera real entre el cambio sistémico y el proceso individual. Una organización o institución (el sistema) que desea innovar solo puede hacerlo si las personas que la integran recuperan su capacidad de asombro y acción (el individuo). Mi propuesta para este 2026 es trabajar en esa intersección: facilitando espacios donde el rigor técnico del diseño del comportamiento se encuentre con la potencia de la práctica experiencial. Se trata de pasar del «análisis del cambio» al «ensayo del cambio», permitiendo que tanto quien ocupa el rol de liderazgo como la organización habiten su verdad más auténtica, para generar un impacto social que sea, finalmente, sostenible y profundamente humano.

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