Hoy quisiera poder escribir sobre algo delicado y sutil, que es al mismo tiempo poderoso. Se trata de, casi no sé cómo clasificarlo, una dimensión o ámbito de nuestra vida que muchas veces descuidamos.
Lamentablemente estamos acostumbrados a concebirnos como seres separados o fragmentados: consideramos que nuestro pensamiento, emociones y sensaciones corporales son fenómenos autónomos, apenas vinculados unos con otros. Por eso afirmamos que nuestras emociones nos llevan a hacer cosas que no queremos hacer realmente, o que nuestro pensamiento nos traiciona.
Es cierto que, si insistimos en esa perspectiva y vivimos con esa creencia, al paso de los años eso es lo que obtenemos: una dispersa sinfonía de diversos impulsos y señales, que pocas veces llegan a armonizarse. Entonces subrayamos la separación y la división, esto lo proyectamos hacia fuera y así cultivamos una experiencia de soledad.
Desde mi perspectiva, el ingrediente que falta allí es la espiritualidad, esa consciencia que puede devolvernos la vivencia de la conexión y hace posible que estén alineados pensamiento, emoción y corporalidad. Lo espiritual es fundamental para comprender al unidad que somos, tanto como para aceptar el vínculo que existe entre todo lo que se moviliza en nuestro entorno.
Es quizás el ámbito espiritual el que muchas veces, en los tiempos que corren, sentimos más aislado o apartado. Le dedicamos el tiempo que sobra, como una actividad especial de los domingos, algo que no es del todo imprescindible y que por supuesto no tiene utilidad real.
Pero en realidad sin la dimensión espiritual estamos perdidos, lo que afecta todas nuestras interacciones. Sin la vivencia de ese aspecto de nuestra experiencia, no tendremos vínculos trascendentes ni desarrollaremos nuestro potencial de comunicación. Esto porque:
- El pensamiento suele ser errático, varía de un objetivo al otro con mucha rapidez, se agota con cierta facilidad y puede vagar sin dirección a menos que tengamos un propósito. Si trabajamos sobre la espiritualidad, tendremos mejor enfoque mental.
- Las emociones también son cambiantes, continuamente varían y nos sorprenden con frecuencia. La consciencia espiritual nos permite percibirlas sin que nos abrumen o nos hagan caer por pérdida de balance. Y si caemos, por una sacudida emocional fuerte, volveremos a levantarnos a través de la conexión con un propósito trascendente, o por la certeza de ser más que ese suceso y esas emociones.
- El cuerpo es lo más tangible que tenemos, a través de él percibimos y nos relacionamos con el mundo que llamamos real. Todo nuestro sistema de sensaciones se amplifica cuando permitimos el nexo espiritual.
Podemos elegir negar lo espiritual, creer que no hay nada más que nuestro pensamiento como fuerza suprema. Entonces eso será lo que experimentaremos y será una verdad total para nosotros.
Sin embargo, también podemos escoger asumir la espiritualidad cada día de nuestra existencia, integrarla a nuestra cotidianidad, cultivarla y percibir cómo esto cambia nuestra perspectiva de manera radical.
Entonces nuestra presencia se hará más fuerte y nuestras comunicaciones tendrán mayor impacto, los vínculos que generemos tendrán más sentido y potencia. Sólo a través de la espiritualidad alcanzaremos la posibilidad de viajar hacia el otro, o que ese otro se movilice hacia ese lugar donde armonizamos, que es el de la verdadera comunicación.
Una vez entendido esto, el desafío será encontrar modos de entrenar la espiritualidad, dándole el mismo valor y tiempo que le ofrecemos a la mente (estudio), a las emociones (relaciones) y al cuerpo (ejercicio físico).
Si quieres saber más sobre cómo trabajar integrar estos elementos, para darte sentido y dirección, y facilitar comunicaciones de mayor impacto y trascendencia, escríbeme para apoyarte a contacto.ecreativa@gmail.com .